miércoles, 4 de junio de 2014

"Me colé en una boda, y fue la hostia"

-"¡Les ofreceremos un pausa para la publicidad, enseguida volvemos!".

Eso fue lo único que se escuchaba, y provenía del vociferante tubo catódico, caja tonta, televisor, que estaba colocado en un destartalado mueble.

Aquel pobre infeliz no se veía capaz siquiera de levantarse de su sillón, demacrado por sus propios errores.

-"¿Encías sensibles? ¡Eso se acabó con pasta dental Fluorine!" - grita el televisor.


-Contra las encías sensibles, puedes probar mi polla - masculló entre dientes, con voz ronca.


No le juzguen por esta soez analogía, nuestro hombre se había levantado cansado y de mal humor. Claro, que esto no es justificante válido. Lo único que él podía comprender es que le molestaba enormemente un dorado haz que osaba entrar por la ventana, y recordar escenas sueltas de una noche que difícilmente podrá extirpar de su memoria. El tipo en cuestión siempre fue alguien bastante introvertido, pero hubo un cambio en su vida que le obligó a ser como es hoy. Todo lo contrario.


A él siempre le gustó ir con traje. "Me queda muy bien el traje", decía siempre. "De muerte", añadía, jactancioso. Solía ir a todos lados con uno de sus mejores trajes; la gente de la calle le miraba, y eso le hacía sentir bien. Le hacía sentir distinto.


Ah, maldita la hora en la cual se le ocurrió pasar con aquella calle. La calle en la cual había una Iglesia. Una Iglesia en la cual se estaba celebrando una boda. Una boda en la cual todos, absolutamente todos los hombres llevaban traje. Y eso le gustaba, eso le incitó a hacer algo de dudosa moral. Le incitó a colarse en la boda como un invitado más; algo que, a primera vista, consideraba inofensivo. "Voy vestido como un señor, no me van a decir nada", pensó casi en voz alta. "Además, no sería la primera vez".


Después de la parafernalia ya concluyente de la ceremonia, bastante aburrida para nuestro hombre, llega el momento de ir al banquete de boda, que se celebraba dos calles más abajo de la actual. Él conocía bien el restaurante. Era un lugar coqueto, algunos dirían "pijo", pero muy bien cuidado. Contaba con una zona de restaurante, así como una zona con césped natural, en la cual los pequeños estarían todo el combite correteando. Por último, una sala de baile, que parecía construida y optimizada para aligerar el movimiento de una vertiginosa conga de familiares ebrios.


Tras tomarse unas copas a cuenta de la pareja del enlace, y saludar a unas chicas de muy buen ver, poniendo como excusa que era "el primo Gerard de Barcelona", decidió que iba siendo hora de irse. En la puerta del restaurante, le esperaban el recién declarado marido entre sus dos primos con genes de gorila.


-Ira, ahí está er payo - exclama el marido.


- Que no cescape, ¿en? - dijo uno de los primos, con un abrumador nivel de ceceo.


Para cuando pudo darse cuenta, nuestro protagonista estaba recibiendo golpes a mansalva, de parte de tres personas a la vez. Si existe algún origen concreto de la expresión "Paliza gitana", que sea este. Solo alcanzaba a pensar "Una boda gitana. Te has lucido".


Mientras pensaba en todo lo que le ocurrió la noche anterior, recordó que su traje favorito había quedado convertido en arte moderno. Aun así, no podía dejar de divagar en su cabeza de chorlito. Quería inventar alguna alucinante historia para contar a sus colegas, algo de lo que no se avergonzase. Con suerte, incluso él mismo se lo creería. Se tocó el amoratado ojo izquierdo para después apartar la mano con un quejido de dolor.


-¡Sí, eso es! ¡Prueba esta! Pf, pasta dental...