«Podía volver a la cárcel.»
¿La cárcel? Muy poco me importaba la cárcel. En ese momento solo me importaba que El Cliente estaba condenado. Condenado por mí. Ah, tanto tiempo planeando un golpe así, y ya estaba casi hecho. No sabía si sentir euforia o rabia. O euforia y rabia. Solo seguí pensando. Seguí pensando en que faltaba muy poco. Solo faltaba que McKarras hiciese el trabajo, de hecho. Pero maldita la hora en la que se me ocurrió pensar aún más. "Y después, ¿qué?", pensé en voz alta. Tenía razón. ¿Qué haría después de que El Cliente fuese asesinado? ¿Más ansia de venganza? ¿Ir matándolos uno detrás de otro? McKarras podría, pero yo no. Maldita sea. ¿Cómo podía haberse torcido todo en un momento?
Me levanté y me dirigí a la mesa. No en vano, pues ya sabía lo que estaba buscando. Cogí la edición de El Guardián entre el Centeno. ¿Qué cosas podría pensar ella sobre mí?
Tomé mi teléfono móvil, y busqué la letra "M". "Llamar". Fue una conversación algo extraña, pero me imagino que sabrán de qué trató. Acabé diciendo "Oye, no vayas a juzgarme por lo que ocurra. Por favor". Decirle eso a una Juez. Todo un genio el narrador de este relato, ¿eh?
Me repetí la misma pregunta. ¿Qué podría pensar ella de mí? ¿Quería yo de verdad hacer esto? Yo quería otra cosa hace mucho tiempo. Y lo tenía... Y estaba seguro de que quería volver a tenerlo. Aunque la idea de la venganza era muy tentadora. Pero ya era tarde, porque iba a jugármelo todo a una misma moneda. Así que me lancé hacia el ordenador como nunca antes y abrí conversación con McKarras. Hace unos días pensé "No hay vuelta atrás". Pero, ¿y si sí que la había?
-No.-Escribí.
-¿No, qué?
-No lo hagas, que viva.-Calló. Imagino que o estaba estupefacta o había tirado el ordenador por la ventana por no tirarme a mí.
-Donnie nunca falla.-Recordé esa corta llamada con El Cliente. Llamada que, obviamente nunca hubiese podido realizarse si "Donnie" hubiese hecho su trabajo.
-Donnie no puede fallar si no lo ha intentado.-Fue de las respuestas más "Zas, en toda la boca" que he dado jamás. De hecho, sonó esa frase en mi cabeza. Ah, Ber, pero qué imbécil eres.
La conversación se cerró, señal de que McKarras había abandonado la misma. ¿Lo haría al final? Quién sabía. Pero, oh, ahora sí que no había vuelta atrás. En ese momento, quería hacer muchas cosas. Pero lo primero era ir a la cocina y preparar un buen café.
Volví a la "sala" y pensé en lo que haría. Lo primero fue entrar en el ordenador y formatearlo completamente. Dejarlo de fábrica. El trabajo de muchos años, perdido; pero nada importaba ya. Cogí una mochila. Metí dentro un par de camisas, ropa interior limpia y unos vaqueros. En un bolsillo aparte, El Guardián entre el Centeno. Pedí un taxi hacia la estación de Santa Justa, y compré un billete de tren para que me llevara 500 kilómetros al noreste. Ida y vuelta. Al fin y al cabo, no sabía lo que iba a ocurrir. El viaje se me hizo eterno. Cuando bajé de ese ruinoso medio en el que iban todos apretados con la misma organización que en una lata de sardinas, me dirigí hacia un bloque de pisos que no había muy lejos de la Puerta del Sol. Fui andando. Aún recordaba el camino debido a todos los paseos que habíamos dado. Mientras, saqué el billete de vuelta de mi bolsillo trasero, y lo rompí lentamente en mil pedazos.
La puerta de afuera estaba abierta. Recordé que había un chaval que atrancaba la puerta para poder entrar y salir cuando él quisiese. Pensé en M, y eso me recordó que, aparte de que le caía muy mal ese chiquillo, eran nada más y nada menos que trece pisos. Así que no iba a perder el tiempo pensando, y empecé a subir escalones tranquilamente. Cuando hube llegado, me encontré a mí mismo frente al umbral, con una mochila, una camisa blanca y unos vaqueros. Sin saber si estaría en casa, si querría verme. Conteniendo la respiración, llamé a la puerta con la mano. Nuestro timbre era de los que hacían un "ding" cuando lo pulsas, y un "dong" cuando lo sueltas. No le gustaban nada esos timbres.
Tardé en abrir, pero abrió. Se quedo estupefacta, pero sé que se alegró de verme. Un poco, al menos. Llevaba una camisa blanca.
-Has venido.-Dijo, con voz entrecortada, esbozando una media sonrisa.
-He volvido.-Solté, con cara de estúpido. Solíamos decir esas cosas.-Creo te olvidaste esto cuando viniste.-Dije mientras sacaba El Guardián entre el Centeno de mi mochila.
"Ese libro es tuyo", me dijo. Yo reí un poco, porque sabía que eso no era cierto. Negué con una sonrisa, y dije "Este libro es nuestro".
martes, 31 de diciembre de 2013
domingo, 15 de diciembre de 2013
La Partida.
Llegué del trabajo a casa, me quité la corbata, me tumbé en la cama. Suspiré. Lo único que me apetecía era relajarme, así que fui al ordenador, y empecé una partida de League of Legends. Nuestro equipo no empezó muy bien, pero fuimos remontando. En ese momento, se escucha la puerta de casa abriéndose. Mi novia había llegado, y al parecer, no de buen humor. Se quedó en la puerta, mirándome. Me dijo que necesitaba usar el ordenador para mirar unos correos. A cincuenta minutos de partida, le dije que, por favor, esperase unos diez minutos a que acabásemos.
Al parecer no podía esperar, así que lo que vio más lógico era pretender empezar una discusión, alegando que estaba todo el día sentado frente al ordenador, cosa que no es del todo cierta. Intentando concentrarme en la partida, me empiezan a sudar las manos y hago el intento de hablar a la vez. A ella no se le ocurre otra cosa que poner el dedo sobre el botón de apagado del ordenador.
Solo dije "Por favor, por favor, solo 10 minutos". El sudor en mi frente, el ratón deslizándose de mi mano. Mi novia gritando a tres centímetros de mi cara, y el otro equipo empieza a reírse de mí por el chat del juego. Fallé al pulsar una tecla por la tensión, y me mataron. Escuché, con la voz de mi chica "ESTÁ BIEN, SE ACABÓ", antes de oír un "clic" y ver la pantalla del League of Legends desaparecer, y fundirse con el color negro. De repente, mi novia exclama "Instalando actualizaciones".
Mi novia es el Administrador de Actualizaciones de Windows.
martes, 10 de diciembre de 2013
Carta de persona a persona.
O de gente a gente.
Al que decidiste que no hablarás.
Acabará siendo siempre un estorbo para los demás.
Un impedimento para que las personas desarrollen una actividad normal.
Esto lleva a pensar que no debe dejarse ver más.
Un comienzo, una minoría, un nuevo día.
Mientras mira a los demás con expresión de melancolía.
Uno más. Uno menos, que al optimismo desafía.
Ha sustituido, en su interior, a toda alegría.
En su trayecto a la perdición, descubre esperanza.
Pues que, al final, haya merecido su andanza.
Nunca es así. Todo toma otra forma.
La mente, y su esencia, oscura se torna.
Se sirve, se da, y nada se retorna.
Siempre como un gilipollas. Como un negado.
Será que para eso ha sido creado.
Mientras no moleste, se producirá un efecto placebo.
Los que le rodean, respirarán tranquilos de nuevo.
De nuevo.
Al que decidiste que no hablarás.
Acabará siendo siempre un estorbo para los demás.
Un impedimento para que las personas desarrollen una actividad normal.
Esto lleva a pensar que no debe dejarse ver más.
Un comienzo, una minoría, un nuevo día.
Mientras mira a los demás con expresión de melancolía.
Uno más. Uno menos, que al optimismo desafía.
Ha sustituido, en su interior, a toda alegría.
En su trayecto a la perdición, descubre esperanza.
Pues que, al final, haya merecido su andanza.
Nunca es así. Todo toma otra forma.
La mente, y su esencia, oscura se torna.
Se sirve, se da, y nada se retorna.
Siempre como un gilipollas. Como un negado.
Será que para eso ha sido creado.
Mientras no moleste, se producirá un efecto placebo.
Los que le rodean, respirarán tranquilos de nuevo.
De nuevo.
lunes, 25 de noviembre de 2013
El otro día me paré a pensar en la gente.
Animus Iocandi: Todo lo que veas escrito en esta entrada está hecho sin ánimo a ofender a nadie. Sólo con el propósito de entretener.
Sí. Me puse a pensar en la gente. Y me entraron ganas de vomitar. Vomité, y seguí pensando. Pensando en aquella gente que te mira mal cuando cedes un sitio en el estúpido Metro, que no te saluda por la calle, o chorradas varias. Qué montón de mierda. Desearía estar en una partida de GTA para que apareciese un avión de guerra de la nada, bombardear vuestros indefensos cuerpos mientras pedís clemencia. Cretinos y falsos. Os imagino de rodillas a los pies de vuestras repugnantes camas, pidiendo chorradas a un Dios en el que únicamente vosotros creéis. Ojalá que cuando terminéis de charlar con vuestro amigo imaginario, os deis un golpe en la rodilla con la pata de la cama, y le culpéis a Él. Y ojalá que lleguéis del hospital con ganas de ofrecer culto a Satanás, como venganza, sacrificando un mamífero de más de 15 kgs. Si me estás leyendo, échale el ojo a una de estas pseudopersonas. De veras. Haz que prevalezcan las personas de verdad frente a estos. Que no te hagan sentir asco; hazles sentir asco.
Recuerdo cuando, hace un tiempo, iba yo por la calle, y vi como tres chavales que estaban sentados en un banco, tiraban una lata de Nestea. Yo, en el acto, les dije que la cogieran y la tiraran a la papelera. Cuando vi que empezaron a reírse, me acerqué un poco más, y al que estaba en medio, le pegué una patada voladora en la nuez, que hizo que su cuello quedara separado de su cabeza, la cual salió volando describiendo una parábola definida por f(x)=-x^2, y acabó cayendo en un nido de pájaros cercano. Los otros dos observaban con ojos inyectados en sangre cómo el cuerpo de su amigo se desplomaba, falto de cabeza. "Tampoco le servía de mucho", murmuré. Antes de que los otros dos pudieran huír soltando gritos como posesos, me lancé a por ellos y comencé un festival de puñetazos, patadas y mordiscos, aunque con una expresión facial solemne y relajada, mientras tarareaba Blue Orchid, de White Stripes. Cuando acabé con ellos, observé los tres cadáveres y susurré "El Nestea es para mariconas". Luego volví a mi casa y dormí como un bebé.
Qué asco me da la gente. Y ellos lo saben, pero no les importa. A veces me pregunto cómo son capaces de llegar a los veinte años sabiendo lo suficiente sobre sí mismos como para seguir siquiera respirando. Deberíamos juntarnos y hacernos notar (excepto los machos solitarios y enclaustrados como yo, que son demasiado heterosexuales como para acabar decayendo en quehaceres diarios como la gente normal). Ojalá las personas que merecen la pena sigan propagándose, pero no como esa horda de gusanos infelices. Nosotros somos la élite, chicos. Nuestra actitud ante la vida debe ser como la de Goku cuando consigue liberar su primer Kamehameha. Si no soportas a esos fracasados sin materia gris, haz caso a estas palabras. Si eres de esos a los que les basta un simple argumento para lo que sea, se conforman con cualquier cosa, y se ríen de los demás por ser decentes, no eres persona. Eres gente. Cierra la pestaña en la cual tengas abierto este blog, y no vuelvas a entrar nunca más. Te rechazo. Si por el contrario crees que mereces la pena, haz que los demás se arrepientan. Confío en que sabrás defender a nuestra superior raza. Y si alguien intenta atentar contra nuestra pacifista causa, no hay mejor respuesta que un soberbio puñetazo en la cara.
Sí. Me puse a pensar en la gente. Y me entraron ganas de vomitar. Vomité, y seguí pensando. Pensando en aquella gente que te mira mal cuando cedes un sitio en el estúpido Metro, que no te saluda por la calle, o chorradas varias. Qué montón de mierda. Desearía estar en una partida de GTA para que apareciese un avión de guerra de la nada, bombardear vuestros indefensos cuerpos mientras pedís clemencia. Cretinos y falsos. Os imagino de rodillas a los pies de vuestras repugnantes camas, pidiendo chorradas a un Dios en el que únicamente vosotros creéis. Ojalá que cuando terminéis de charlar con vuestro amigo imaginario, os deis un golpe en la rodilla con la pata de la cama, y le culpéis a Él. Y ojalá que lleguéis del hospital con ganas de ofrecer culto a Satanás, como venganza, sacrificando un mamífero de más de 15 kgs. Si me estás leyendo, échale el ojo a una de estas pseudopersonas. De veras. Haz que prevalezcan las personas de verdad frente a estos. Que no te hagan sentir asco; hazles sentir asco.
Recuerdo cuando, hace un tiempo, iba yo por la calle, y vi como tres chavales que estaban sentados en un banco, tiraban una lata de Nestea. Yo, en el acto, les dije que la cogieran y la tiraran a la papelera. Cuando vi que empezaron a reírse, me acerqué un poco más, y al que estaba en medio, le pegué una patada voladora en la nuez, que hizo que su cuello quedara separado de su cabeza, la cual salió volando describiendo una parábola definida por f(x)=-x^2, y acabó cayendo en un nido de pájaros cercano. Los otros dos observaban con ojos inyectados en sangre cómo el cuerpo de su amigo se desplomaba, falto de cabeza. "Tampoco le servía de mucho", murmuré. Antes de que los otros dos pudieran huír soltando gritos como posesos, me lancé a por ellos y comencé un festival de puñetazos, patadas y mordiscos, aunque con una expresión facial solemne y relajada, mientras tarareaba Blue Orchid, de White Stripes. Cuando acabé con ellos, observé los tres cadáveres y susurré "El Nestea es para mariconas". Luego volví a mi casa y dormí como un bebé.
Qué asco me da la gente. Y ellos lo saben, pero no les importa. A veces me pregunto cómo son capaces de llegar a los veinte años sabiendo lo suficiente sobre sí mismos como para seguir siquiera respirando. Deberíamos juntarnos y hacernos notar (excepto los machos solitarios y enclaustrados como yo, que son demasiado heterosexuales como para acabar decayendo en quehaceres diarios como la gente normal). Ojalá las personas que merecen la pena sigan propagándose, pero no como esa horda de gusanos infelices. Nosotros somos la élite, chicos. Nuestra actitud ante la vida debe ser como la de Goku cuando consigue liberar su primer Kamehameha. Si no soportas a esos fracasados sin materia gris, haz caso a estas palabras. Si eres de esos a los que les basta un simple argumento para lo que sea, se conforman con cualquier cosa, y se ríen de los demás por ser decentes, no eres persona. Eres gente. Cierra la pestaña en la cual tengas abierto este blog, y no vuelvas a entrar nunca más. Te rechazo. Si por el contrario crees que mereces la pena, haz que los demás se arrepientan. Confío en que sabrás defender a nuestra superior raza. Y si alguien intenta atentar contra nuestra pacifista causa, no hay mejor respuesta que un soberbio puñetazo en la cara.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Grand Finale.
«Y me las iban a pagar todas juntas.»
De hecho, no pude pensar en otra cosa. Me levanté del sofá con esa idea en la cabeza. Al fin iba a vengarme de todos ellos. Noté como la débil voz de la conciencia y el sentido común resonaba en mi mente, pero la ambición hablaba más fuerte. Al menos, en ese momento, no me arrepentía en absoluto. Y, ¿qué pasaría después? Me seguiría ganando la vida de la misma manera de la cual llevaba haciéndolo tanto tiempo. Siendo un completo hijo de puta. "¿Por qué?", se preguntarán. Porque era lo único que sabía hacer. La Forense llegaría tras la hora de comer. Después de unas dos horas, llegaría McKarras con el cuerpo de El Cliente. Era todo perfecto. Luego, enterraríamos el cadáver, y yo podría seguir con mi vida. Incluso con la conciencia tranquila, tras todo esto, pues yo había hecho lo que quería. Pero antes, quería hacer algo. Recogí el teléfono móvil del suelo, rezando a un Dios en el que no creía para que siguiese funcionando, antes de hacer una última llamada y deshacerme de él para siempre. Bastantes problemas me había traído ya. Funcionaba. Abrí la agenda por última vez, y busqué la letra M. Llamé.
-¿Ber?-Preguntó, como si no creyese quién estaba al otro lado del teléfono.
-¿Cómo estás?
-Bien, estoy bien. Pero... Pensé que... Ber,¿cómo estás tú?-La verdad es que ya no me importaba que alguien me llamara así.
-Estoy bien. Pero no tengo mucho tiempo.¿Recuerdas lo que escribiste al final de El Guardián entre el Centeno?
Tardó en contestar.
-Sí...
-No creo que haya que ser muy rápido de mente para saber lo que siento, ¿no?
No habló.
-Oye, no vayas a juzgarme por lo que ocurra. Por favor.
Y colgué. Me quedé un buen rato pensando en aquella conversación. Me sentía fatal, porque sabía que ella lo pasaría fatal. Pero ya no había vuelta atrás. Tocaron la puerta, y me dió un vuelco el corazón. Allí estaba La Forense, dispuesta a comenzarlo todo. Me dirigí con decisión a la puerta, y así el picaporte.
Cuando abrí, encontré a dos siluetas masculinas, cuyas caras pude distinguir. Eran El Dragón, y El Cliente. Sin poder apenas decir palabra, se abalanzaron hacia mí, y se ensañaron a golpes conmigo. Sólo sentía patadas, puñetazos, cabezazos, por todo mi cuerpo, hasta que dejé de sentir. Desperté atado a mi propio sofá, sin poder mover ninguna articulación de mi magullado cuerpo. Me dolía todo. Esos dos me habían zurrado de lo lindo. Cuando pude abrir los ojos, la luz de la ventana abierta me cegó. Pude ver un grupo de personas que hablaba, allí, en mi propio salón. Uno de ellos rebuscaba en mis muebles, y otro, en mi ordenador. Cuando me vieron despertar, todos se giraron hacia mí, callados. Allí estaban, frente a mi indefensa figura, El Cliente, El Dragón, La Artista, La Juez, y McKarras. Estos tres primeros tenían una seriedad impasible. La Juez me echaba una mirada triste, y McKarras sonreía mientras metía la mano en el bolsillo interior de su abrigo. Entonces, comprendí. Había sido todo así desde el principio. "Habría sido muy poco divertido haber hecho esto sin verte agonizar", dijo ella, mientras seguía con la mano en el bolsillo. Esbozando una sonrisa siniestra y misteriosa, y asumiendo mi propio destino, solté una amarga carcajada. McKarras sacó una Colt del calibre 45, y haciendo gala de una sangre fría que ya quisieran muchos, me disparó en la sien. "Al fin pintaré las paredes de bermellón", pensé antes de morir.
Me llamo Luis, alias Ber, para mis trabajos sucios. Estudié la carrera de Ingeniería Informática, saqué un Master, y me especialicé en Hacking y Cracking. Trabajaba en la clandestinidad conseguiendo datos confidenciales de cuentas bancarias, empresas, particulares, etcétera. Hasta que, mientras intentaba conseguir un número de tarjeta bancaria, El Cliente, una antigua amistad me descubrió. Contrató a otro amigo, El Dragón, licenciado en Derecho, para que le defendiera en el Juicio que La Juez, otra amiga del grupo, ofició. Estaban de oyentes La Artista, La Forense y La Amarilla. Perdí el juicio, y pasé seis años en prisión. Siete años después de aquel juicio en el que yo mismo arruiné mi vida, ahí volvíamos a estar todos. Habían estado controlando meticulosamente mi vida, cada detalle, cada gesto, para que pudiesen efectuar su golpe final. Y yo no me había dado cuenta. La Amarilla buscaba toda la información oculta en el ordenador de aquel al que acababan de ejecutar. Aquellos cinco seguían mirando mi cadáver, serios y con ojos inexpresivos. La Forense, tras no encontrar nada de importancia en mis muebles, abrió su maletín, y sacó una pieza de papel cuyo título era "Certificado de Defunción", en el que figuraba mi nombre. Firmando, con su potestad de médico forense, acabó de escribir algo en aquel papel que llevaban tanto tiempo preparado. "Bala perdida".
De hecho, no pude pensar en otra cosa. Me levanté del sofá con esa idea en la cabeza. Al fin iba a vengarme de todos ellos. Noté como la débil voz de la conciencia y el sentido común resonaba en mi mente, pero la ambición hablaba más fuerte. Al menos, en ese momento, no me arrepentía en absoluto. Y, ¿qué pasaría después? Me seguiría ganando la vida de la misma manera de la cual llevaba haciéndolo tanto tiempo. Siendo un completo hijo de puta. "¿Por qué?", se preguntarán. Porque era lo único que sabía hacer. La Forense llegaría tras la hora de comer. Después de unas dos horas, llegaría McKarras con el cuerpo de El Cliente. Era todo perfecto. Luego, enterraríamos el cadáver, y yo podría seguir con mi vida. Incluso con la conciencia tranquila, tras todo esto, pues yo había hecho lo que quería. Pero antes, quería hacer algo. Recogí el teléfono móvil del suelo, rezando a un Dios en el que no creía para que siguiese funcionando, antes de hacer una última llamada y deshacerme de él para siempre. Bastantes problemas me había traído ya. Funcionaba. Abrí la agenda por última vez, y busqué la letra M. Llamé.
-¿Ber?-Preguntó, como si no creyese quién estaba al otro lado del teléfono.
-¿Cómo estás?
-Bien, estoy bien. Pero... Pensé que... Ber,¿cómo estás tú?-La verdad es que ya no me importaba que alguien me llamara así.
-Estoy bien. Pero no tengo mucho tiempo.¿Recuerdas lo que escribiste al final de El Guardián entre el Centeno?
Tardó en contestar.
-Sí...
-No creo que haya que ser muy rápido de mente para saber lo que siento, ¿no?
No habló.
-Oye, no vayas a juzgarme por lo que ocurra. Por favor.
Y colgué. Me quedé un buen rato pensando en aquella conversación. Me sentía fatal, porque sabía que ella lo pasaría fatal. Pero ya no había vuelta atrás. Tocaron la puerta, y me dió un vuelco el corazón. Allí estaba La Forense, dispuesta a comenzarlo todo. Me dirigí con decisión a la puerta, y así el picaporte.
Cuando abrí, encontré a dos siluetas masculinas, cuyas caras pude distinguir. Eran El Dragón, y El Cliente. Sin poder apenas decir palabra, se abalanzaron hacia mí, y se ensañaron a golpes conmigo. Sólo sentía patadas, puñetazos, cabezazos, por todo mi cuerpo, hasta que dejé de sentir. Desperté atado a mi propio sofá, sin poder mover ninguna articulación de mi magullado cuerpo. Me dolía todo. Esos dos me habían zurrado de lo lindo. Cuando pude abrir los ojos, la luz de la ventana abierta me cegó. Pude ver un grupo de personas que hablaba, allí, en mi propio salón. Uno de ellos rebuscaba en mis muebles, y otro, en mi ordenador. Cuando me vieron despertar, todos se giraron hacia mí, callados. Allí estaban, frente a mi indefensa figura, El Cliente, El Dragón, La Artista, La Juez, y McKarras. Estos tres primeros tenían una seriedad impasible. La Juez me echaba una mirada triste, y McKarras sonreía mientras metía la mano en el bolsillo interior de su abrigo. Entonces, comprendí. Había sido todo así desde el principio. "Habría sido muy poco divertido haber hecho esto sin verte agonizar", dijo ella, mientras seguía con la mano en el bolsillo. Esbozando una sonrisa siniestra y misteriosa, y asumiendo mi propio destino, solté una amarga carcajada. McKarras sacó una Colt del calibre 45, y haciendo gala de una sangre fría que ya quisieran muchos, me disparó en la sien. "Al fin pintaré las paredes de bermellón", pensé antes de morir.
Me llamo Luis, alias Ber, para mis trabajos sucios. Estudié la carrera de Ingeniería Informática, saqué un Master, y me especialicé en Hacking y Cracking. Trabajaba en la clandestinidad conseguiendo datos confidenciales de cuentas bancarias, empresas, particulares, etcétera. Hasta que, mientras intentaba conseguir un número de tarjeta bancaria, El Cliente, una antigua amistad me descubrió. Contrató a otro amigo, El Dragón, licenciado en Derecho, para que le defendiera en el Juicio que La Juez, otra amiga del grupo, ofició. Estaban de oyentes La Artista, La Forense y La Amarilla. Perdí el juicio, y pasé seis años en prisión. Siete años después de aquel juicio en el que yo mismo arruiné mi vida, ahí volvíamos a estar todos. Habían estado controlando meticulosamente mi vida, cada detalle, cada gesto, para que pudiesen efectuar su golpe final. Y yo no me había dado cuenta. La Amarilla buscaba toda la información oculta en el ordenador de aquel al que acababan de ejecutar. Aquellos cinco seguían mirando mi cadáver, serios y con ojos inexpresivos. La Forense, tras no encontrar nada de importancia en mis muebles, abrió su maletín, y sacó una pieza de papel cuyo título era "Certificado de Defunción", en el que figuraba mi nombre. Firmando, con su potestad de médico forense, acabó de escribir algo en aquel papel que llevaban tanto tiempo preparado. "Bala perdida".
martes, 19 de noviembre de 2013
Overflow.
«No entendía nada.»
Y seguía sin entender. Yacía en el sofá, desorientado, pensando. Quería acabar con esto de una vez por todas. ¿Por qué narices estaban todos intentando localizarme, después de todo aquello? Además, no es que lo intentaran. Lo habían conseguido. Pensé que si todos están teniendo contacto conmigo, debía ser por algo. Bueno, casi todos. No había vuelto a ver a la mujer de El Cliente, por ejemplo. Su seudónimo era La Artista. ¿A que no saben cuánto llevaba sin verla? Ella era, básicamente, la que nos unió a todos con unos simples dibujos. No la culpo por lo que ocurrió. O sí. No, no la culpo. Estoy seguro de que, tarde o temprano, me habrían condenado igual por un delito similar. Pero no acusado por ellos. Seguí pensando en lo que nos unieron esos estúpidos dibujos, y me dolió muchísimo. No podía seguir así. No sé por qué hice lo que hice lo siguiente, pero encendí el ordenador, y abrí el navegador. En la barra de direcciones escribí, pausadamente, pensándolo mucho, "www.twitter.com". Con un suspiro, presioné "Intro". No podía creer que aquella red social que hizo que me encontrara con esos cretinos siguiera abierta. Lo que pude ver después me sacó de mi aparente tranquilidad. Tecleé "@LexAenima", y mi contraseña. Era increíble que me siguiese acordando. "Ha sido mucho tiempo escribiéndola", pensé. Y con una risotada absurda, volví a presionar "Intro".
Apareció una pantalla negra con un rótulo blanco, que rezaba "Tu cuenta ha sido eliminada por inactividad". Era normal, al fin y al cabo. Siete años de inactividad son notables. Pero lo que me quemó por dentro fue que, debajo de aquella frase, aparecía mi antiguo avatar. El dibujo que me hizo La Artista. Recordé todos los momentos buenos y malos con todos ellos, y me eché a llorar. Me fue inevitable. Todos nuestros avatares estaban dibujados por ella. Todos con los rasgos que caracterizaban a cada uno de nosotros. Lo que nos unía. Me levanté en el acto, con los ojos llorosos, y empecé a dar puñetazos a la pared con todas mis fuerzas. Estaba furioso. ¿Por qué fui tan gilipollas de echarlo todo a perder? Había sido todo por mi culpa. Tras ensañarme con las paredes, me tiré al suelo y seguí sollozando desconsoladamente. Lo había perdido todo. Pero no permitiría que aquello siguiese así. No. Preparé mi último golpe.
Secándome las lágrimas, abrí la agenda de mi teléfono móvil, y lo encontré. P. ¿Qué importaba ya? Sólo quería comprobar algo. Quería comprobar si ella y El Cliente seguían juntos. Quería joderla a ella también por habernos unido. Si aquello no hubiese pasado, todo habría sido muy distinto, pero seguro que era mejor que toda esta mierda. Toqué con el dedo el botón "Llamar". No tardó en coger el teléfono un hombre de voz muy grave, pero inconfundible. El Cliente. En cuanto escuché un sonoro "¿Dígame?", colgué el teléfono, tiré el teléfono móvil al suelo y regresé al ordenador. Volvía a ser la hora de adentrarse en las asquerosas profundidades de Internet. Envié dos mensajes a McKarras. El primero contenía toda la información que yo mismo disponía. Un simple "copia y pega" de todos los documentos que tenía con datos de El Cliente. El segundo mensaje sólo decía "Quiero que mañana esté muerto. Tráeme el cadáver, conozco a una forense". En el acto, recibí su respuesta. "De acuerdo". La Forense era una antigua amiga que también sabía de la existencia de aquellas personas. La vi ocasionalmente tras aquel juicio, pero no habíamos tratado mucho. La última vez que nos vimos, fue porque yo se lo pedí. Nos encontramos en un andrajoso bar de pueblo, para no levantar sospechas. La gente que suele ir a esos bares nunca se entera de nada. De hecho, la gente nunca se entera de nada. Nos sentamos en la mesa que más limpia parecía, pero aún así, tenía un aspecto horrible. Los encargados de ese tipo de sitios nunca cuidan su menaje. Eso me sacaba de quicio. Nos sentamos cada uno en un lado de la mesa. Yo pedí una cerveza, y ella un zumo de melocotón. Aquello me hizo mucha gracia.
-¿Sabes por qué te he llamado, no?-Empecé diciendo, aunque yo sabía que ella no tenía ni puñetera idea.
-Obviamente, no.-Parecía algo confusa, pero esa chica siempre había sido muy avispada.
-Quiero vengarme de ellos.
-Pero, ¿qué pretendes? Te mereces lo que te pasó, y lo sabes.
-Dime a quién no le gusta la venganza. Vamos.-Se quedó callada. Sabía que, aunque se hiciese la decente, ella no tenía escrúpulos para hacer algo fuera de la ley.
-Continúa.-Dijo, misteriosa.
-No es nada a corto plazo. Quiero que sepas que esto se llevará a cabo cuando pase un tiempo. Cuando te avise, debes hacer exactamente lo que yo te diga.
Y le expliqué mi plan. Luego de observar su cara de desagrado, pero a la vez de curiosidad en ver cómo acababa aquello, nos despedimos. Hoy, unos dos años después, le mandé un e-mail que sólo decía "¿Recuerdas lo que te dije? Ya está todo listo. Quiero que mañana vengas a mi casa."
Lo tenía todo meticulosamente pensado. McKarras haría el trabajo sucio. Cuando El Cliente estuviese muerto, ella traería el cuerpo aquí mismo. Para entonces, La Forense habría llegado. Ella misma firmará el certificado de defunción, alegando muerte por una bala perdida, et voilà. Ah, qué bien me sentí en aquel momento. Sabía que era una jodida escoria humana, pero al fin iba a vengarme de ellos. Yo sabía que estarían todos en el futuro entierro de El Cliente. Todos llorando, lamentándose por aquella "irreparable pérdida". Hipócritas. Los odiaba. Me serví un whisky, y pensé. Acababa de condenar a una vida. Yo siempre estaba diciendo que "el que no puede dar la vida tampoco tiene derecho a quitarla". Menuda tontería. Yo me sentía en la cima del mundo. Entonces, La Artista no lo sabía, pero había firmado la sentencia de muerte de El Cliente al no descolgar ella misma su propio teléfono móvil. Maldito cretino. "Él mismo se lo ha buscado", pensé. "Sabía a lo que se enfrentaba cuando acusó a un hacker".
El delito por el que tuve que cumplir seis años de condena en prisión tenía relación con invasión de la privacidad y complicidad en asesinatos y robos. A día de hoy no sé cómo pudieron pillarme, pero El Cliente acabó enterándose de a qué me dedicaba. Contrató a un abogado y antigua amistad, El Dragón, para que llevase el caso. "Ella" me juzgó, y me cayeron seis años. Pero ahora iba a vengarme, y me las iban a pagar todas juntas.
Y seguía sin entender. Yacía en el sofá, desorientado, pensando. Quería acabar con esto de una vez por todas. ¿Por qué narices estaban todos intentando localizarme, después de todo aquello? Además, no es que lo intentaran. Lo habían conseguido. Pensé que si todos están teniendo contacto conmigo, debía ser por algo. Bueno, casi todos. No había vuelto a ver a la mujer de El Cliente, por ejemplo. Su seudónimo era La Artista. ¿A que no saben cuánto llevaba sin verla? Ella era, básicamente, la que nos unió a todos con unos simples dibujos. No la culpo por lo que ocurrió. O sí. No, no la culpo. Estoy seguro de que, tarde o temprano, me habrían condenado igual por un delito similar. Pero no acusado por ellos. Seguí pensando en lo que nos unieron esos estúpidos dibujos, y me dolió muchísimo. No podía seguir así. No sé por qué hice lo que hice lo siguiente, pero encendí el ordenador, y abrí el navegador. En la barra de direcciones escribí, pausadamente, pensándolo mucho, "www.twitter.com". Con un suspiro, presioné "Intro". No podía creer que aquella red social que hizo que me encontrara con esos cretinos siguiera abierta. Lo que pude ver después me sacó de mi aparente tranquilidad. Tecleé "@LexAenima", y mi contraseña. Era increíble que me siguiese acordando. "Ha sido mucho tiempo escribiéndola", pensé. Y con una risotada absurda, volví a presionar "Intro".
Apareció una pantalla negra con un rótulo blanco, que rezaba "Tu cuenta ha sido eliminada por inactividad". Era normal, al fin y al cabo. Siete años de inactividad son notables. Pero lo que me quemó por dentro fue que, debajo de aquella frase, aparecía mi antiguo avatar. El dibujo que me hizo La Artista. Recordé todos los momentos buenos y malos con todos ellos, y me eché a llorar. Me fue inevitable. Todos nuestros avatares estaban dibujados por ella. Todos con los rasgos que caracterizaban a cada uno de nosotros. Lo que nos unía. Me levanté en el acto, con los ojos llorosos, y empecé a dar puñetazos a la pared con todas mis fuerzas. Estaba furioso. ¿Por qué fui tan gilipollas de echarlo todo a perder? Había sido todo por mi culpa. Tras ensañarme con las paredes, me tiré al suelo y seguí sollozando desconsoladamente. Lo había perdido todo. Pero no permitiría que aquello siguiese así. No. Preparé mi último golpe.
Secándome las lágrimas, abrí la agenda de mi teléfono móvil, y lo encontré. P. ¿Qué importaba ya? Sólo quería comprobar algo. Quería comprobar si ella y El Cliente seguían juntos. Quería joderla a ella también por habernos unido. Si aquello no hubiese pasado, todo habría sido muy distinto, pero seguro que era mejor que toda esta mierda. Toqué con el dedo el botón "Llamar". No tardó en coger el teléfono un hombre de voz muy grave, pero inconfundible. El Cliente. En cuanto escuché un sonoro "¿Dígame?", colgué el teléfono, tiré el teléfono móvil al suelo y regresé al ordenador. Volvía a ser la hora de adentrarse en las asquerosas profundidades de Internet. Envié dos mensajes a McKarras. El primero contenía toda la información que yo mismo disponía. Un simple "copia y pega" de todos los documentos que tenía con datos de El Cliente. El segundo mensaje sólo decía "Quiero que mañana esté muerto. Tráeme el cadáver, conozco a una forense". En el acto, recibí su respuesta. "De acuerdo". La Forense era una antigua amiga que también sabía de la existencia de aquellas personas. La vi ocasionalmente tras aquel juicio, pero no habíamos tratado mucho. La última vez que nos vimos, fue porque yo se lo pedí. Nos encontramos en un andrajoso bar de pueblo, para no levantar sospechas. La gente que suele ir a esos bares nunca se entera de nada. De hecho, la gente nunca se entera de nada. Nos sentamos en la mesa que más limpia parecía, pero aún así, tenía un aspecto horrible. Los encargados de ese tipo de sitios nunca cuidan su menaje. Eso me sacaba de quicio. Nos sentamos cada uno en un lado de la mesa. Yo pedí una cerveza, y ella un zumo de melocotón. Aquello me hizo mucha gracia.
-¿Sabes por qué te he llamado, no?-Empecé diciendo, aunque yo sabía que ella no tenía ni puñetera idea.
-Obviamente, no.-Parecía algo confusa, pero esa chica siempre había sido muy avispada.
-Quiero vengarme de ellos.
-Pero, ¿qué pretendes? Te mereces lo que te pasó, y lo sabes.
-Dime a quién no le gusta la venganza. Vamos.-Se quedó callada. Sabía que, aunque se hiciese la decente, ella no tenía escrúpulos para hacer algo fuera de la ley.
-Continúa.-Dijo, misteriosa.
-No es nada a corto plazo. Quiero que sepas que esto se llevará a cabo cuando pase un tiempo. Cuando te avise, debes hacer exactamente lo que yo te diga.
Y le expliqué mi plan. Luego de observar su cara de desagrado, pero a la vez de curiosidad en ver cómo acababa aquello, nos despedimos. Hoy, unos dos años después, le mandé un e-mail que sólo decía "¿Recuerdas lo que te dije? Ya está todo listo. Quiero que mañana vengas a mi casa."
Lo tenía todo meticulosamente pensado. McKarras haría el trabajo sucio. Cuando El Cliente estuviese muerto, ella traería el cuerpo aquí mismo. Para entonces, La Forense habría llegado. Ella misma firmará el certificado de defunción, alegando muerte por una bala perdida, et voilà. Ah, qué bien me sentí en aquel momento. Sabía que era una jodida escoria humana, pero al fin iba a vengarme de ellos. Yo sabía que estarían todos en el futuro entierro de El Cliente. Todos llorando, lamentándose por aquella "irreparable pérdida". Hipócritas. Los odiaba. Me serví un whisky, y pensé. Acababa de condenar a una vida. Yo siempre estaba diciendo que "el que no puede dar la vida tampoco tiene derecho a quitarla". Menuda tontería. Yo me sentía en la cima del mundo. Entonces, La Artista no lo sabía, pero había firmado la sentencia de muerte de El Cliente al no descolgar ella misma su propio teléfono móvil. Maldito cretino. "Él mismo se lo ha buscado", pensé. "Sabía a lo que se enfrentaba cuando acusó a un hacker".
El delito por el que tuve que cumplir seis años de condena en prisión tenía relación con invasión de la privacidad y complicidad en asesinatos y robos. A día de hoy no sé cómo pudieron pillarme, pero El Cliente acabó enterándose de a qué me dedicaba. Contrató a un abogado y antigua amistad, El Dragón, para que llevase el caso. "Ella" me juzgó, y me cayeron seis años. Pero ahora iba a vengarme, y me las iban a pagar todas juntas.
lunes, 18 de noviembre de 2013
La Amarilla.
«¿En qué carajo me estaba convirtiendo?»
Después de aquella llamada, me sentí fenomenal, y eso es algo que, por aquel entonces, yo podía pensar muy pocas veces. "M". Siete años. Me levanté del sofá algo mareado, y encendí de nuevo el ordenador. Pero no lo hice para continuar lo que seguía haciendo siempre, ni mucho menos. No lo encendí para reventar ninguna contraseña, ni para tirar ningún servidor, ni nada por el estilo. Al principio, todos nosotros éramos uno. La Juez, El Cliente, El Dragón... Pero la cosa se complicó. Y en cuanto empecé a notarlo, hice algo por lo que, seguramente, ustedes me tacharán de una persona horrible. Pero, ¿de veras creen que a esta altura me importaba lo que la gente pensara de mí? Lo que hice fue empezar a recopilar información sobre todos ellos. Como comprenderán, esto era extremadamente sencillo para mí, y más aún en la época que corría. Una época en lo que la información lo controlaba todo. Incluso diseñé un programa informático muy sencillo para organizar la información personal de todos aquellos cretinos. Estaba ordenada por personas, por intereses, por aficiones ocultas... Era un jodido enfermo de la información.
Figuraban bastantes nombres en esa lista. Seudónimos, más bien. Y todos ellos me traían recuerdos, y más recuerdos. Ni buenos ni malos. Recuerdos. Pasando páginas abajo, todas ellas repletas de información (bastante inútiles para mí, debo reconocer), me fijé en algo que me sorprendió muchísimo. Había un título escrito en aquel archivo, que aludía a otra persona de las cuales recopilaba información. "La Amarilla". No se imaginan la de cosas que me pasaron por la cabeza al leer esas diez letras. Hacía muchísimo que no oía hablar de ella. Adivinen. Exacto, siete años. Siete malditos años. Ese juicio me perseguía allá donde iba.
La Amarilla era una muy buena amiga mía. Tanto es así que fue la única que no me acusó en aquel juicio. Ella sólo estaba de oyente. Desde luego, ella no podía decir nada, ni a favor ni en mi contra. Pero estoy seguro que, de haber podido, La Amarilla habría intentado aumentar mi condena. Puede que de ser así, ahora seguiría entre rejas. Pero no tenía ninguna forma de demostrarlo, así que no podía tener nada contra ella. Era una buena chica. Con los dedos cruzados mentalmente, encendí mi teléfono móvil. "¿Dos llamadas telefónicas en un día?" pensé. "Me acabarán pillando". Y reí. Apaqué el ordenador, y abrí la agenda del maldito teléfono. Allí estaba. En el primer lugar de la agenda, como el orden alfabético estándar dictaba. "A". Esta vez no me lo pensé. Si me tenían que pillar, que me pillasen.
Después de unos veinte segundos de dar el tono de llamada, saltó el buzón de voz. Y más que bajarme la moral, he de reconocer que aquello me acojonó bastante. La última llamada telefónica que hice antes del juicio, fue por un asunto de "trabajo". Y efectivamente, saltó el buzón de voz. Apagué el teléfono móvil con algo de miedo en el cuerpo. Me pareció ver un resplandor rojo por el rabillo del ojo, pero no eché cuenta. La heterocromía me jodía mucho los ojos. Justo entonces, alguien tocó la puerta. Ese "toc, toc, toc" fue la guinda del pastel para que yo acabara de acojonarme, y tirara lo que quedaba de cerveza al suelo, del bote que di. Suena absurdo, pero no lo era. Podía ser cualquier persona, o peor, cualquier grupo de personas. Podía tratarse de la policía, podía tratarse de un maldito vendedor de aspiradoras, o mucho peor. Podría ser McKarras. Ella podría saber perfectamente dónde vivía. No me gusta fiarme de los asesinos a sueldo, no sé. Es una manía que tengo. Cuando volví a escuchar que llamaban a la puerta con la misma poca intensidad, me relajé un poco, pero seguía con los nervios a flor de piel. Pensé en La Juez. Dije "al carajo". Me levanté, y abrí la puerta con decisión. Una chica con pelo rubio, castaño por algunas zonas, apareció ante mí. Vestía una camiseta de Arctic Monkeys, una chupa de cuero, y unos vaqueros. Sus ojos, de un intenso azul, y su pañuelo en la cabeza, me revelaron su identidad. Pero yo no podía acabar de creerlo.
-¡Sabes que estoy sin teléfono móvil, estúpido!-Dijo ella con mucho optimismo, y entrando en mi casa tranquilamente, como si de la suya se tratase.
-¿Tú? ¿Qué narices haces aquí? Oye, que puedes pasar, ¿eh? ¡Como si estuvieses en tu casa, desde luego! Y, ¿cómo coño sabes que te he llamad...?
-Tienes esto hecho una mierda, chico.-Me cortó.-Aunque poco más se podía esperar de un informático, ¿no?-Dijo, divertida. Yo no sabía qué pensar.
-Yo también me alegro de verte. Toma asiento, tranquila.-Dije inmediatamente al ver cómo se acomodaba libremente en mi sillón.-¿Cómo has sabido dónde vivo? Dónde malvivo, más bien.
-Ah, pero si me lo dijiste tú mismo. ¿No te acuerdas?
La verdad es que no me acordaba-No, no me acuerdo. Pero no importa. Me alegra verte, supongo. ¿Una cerveza?-Ya que ella había entrado con tanta confianza, me tomé la libertad de tener la misma. Era mi maldita casa, al fin y al cabo.
-Sí, por favor.-De repente, pareció como si la invadiese un sentimiento de tristeza y culpa. Puede que fuera impresión mía.
Fui a la nevera y cogí dos cervezas de las seis que quedaban. Le ofrecí una, y me senté en la incómoda silla que estaba delante del ordenador.
-¿Qué te trae por aquí?- Dijo ella. No había acabado de entender aquella pregunta.
-Vivo aquí. Has venido tú.-Argumenté, con aire de indiferencia.
-Ah, claro. Bueno, pues ¿cómo estás?
-Estoy. Has pasado mucho tiempo.-Bebí.-¿Cómo estás tú?
-Ya sabes, de un lado para otro. Últimamente no paro. Es lo que tiene el trabajo.-Dijo, con un suspiro de cansancio, y bebió.
-¿De qué trabajas?-Lo dije muy tranquilamente, pero la verdad es que me tenía intrigado. No recordaba que ella trabajara en nada.
-No tiene importancia. Pero la cosa es que trabajo con unos verdaderos cretinos. No querrías verlos ni en pintura. De verdad. Ah, ¿El Guardián entre el Centeno?-Había visto el libro que aún estaba encima de la mesa grande de caoba. Hizo además de levantarse y hojearlo.
-No toques ese libro.-Dijo bruscamente.-Por favor.
-¿Pasa algo, Ber?-Parecía que todos se ponían de acuerdo en llamarme así. Opté por no decir nada al respecto.
-No. No pasa nada. Una cosilla. No es por nada, pero, ¿habías venido por algo en especial? No es que me molestes, ni nada, pero...
En ese momento, miró muy rápido hacia su reloj de pulsera, y me callé.
-Se me ha hecho tardísimo, debería irme ya.-Dijo, como muy nerviosa.
-Pero si acabas de...
Bebió lo que quedaba en la lata de cerveza, y se marchó con un "Hasta pronto". La vi salir de forma apresurada, pero me dio tiempo a fijarme en algo. Ella no llevaba ningún reloj de pulsera.
No entendía nada de aquello. Y lo peor es que yo estaba cada vez más paranoico. Después de siete años, ¿por qué toda esa gente? O personas, más bien. Ni lo sabía ya. ¿Por qué todo tan de repente? Me quedé en la silla, acabándome la cerveza y pensando en todo aquello. En las visitas, la llamada a La Juez, todas las conversaciones... Yo no entendía nada. Al fin y al cabo, yo no servía para mucho. No servía para entender muchas de las cosas que pasaban en la vida real. Sólo servía para cuestiones digitales que traían de cabeza a muchos, y que para mí, estaban a un simple toque de tecla. Todo fuera de la más estricta legalidad, claro está.
Después de aquella llamada, me sentí fenomenal, y eso es algo que, por aquel entonces, yo podía pensar muy pocas veces. "M". Siete años. Me levanté del sofá algo mareado, y encendí de nuevo el ordenador. Pero no lo hice para continuar lo que seguía haciendo siempre, ni mucho menos. No lo encendí para reventar ninguna contraseña, ni para tirar ningún servidor, ni nada por el estilo. Al principio, todos nosotros éramos uno. La Juez, El Cliente, El Dragón... Pero la cosa se complicó. Y en cuanto empecé a notarlo, hice algo por lo que, seguramente, ustedes me tacharán de una persona horrible. Pero, ¿de veras creen que a esta altura me importaba lo que la gente pensara de mí? Lo que hice fue empezar a recopilar información sobre todos ellos. Como comprenderán, esto era extremadamente sencillo para mí, y más aún en la época que corría. Una época en lo que la información lo controlaba todo. Incluso diseñé un programa informático muy sencillo para organizar la información personal de todos aquellos cretinos. Estaba ordenada por personas, por intereses, por aficiones ocultas... Era un jodido enfermo de la información.
Figuraban bastantes nombres en esa lista. Seudónimos, más bien. Y todos ellos me traían recuerdos, y más recuerdos. Ni buenos ni malos. Recuerdos. Pasando páginas abajo, todas ellas repletas de información (bastante inútiles para mí, debo reconocer), me fijé en algo que me sorprendió muchísimo. Había un título escrito en aquel archivo, que aludía a otra persona de las cuales recopilaba información. "La Amarilla". No se imaginan la de cosas que me pasaron por la cabeza al leer esas diez letras. Hacía muchísimo que no oía hablar de ella. Adivinen. Exacto, siete años. Siete malditos años. Ese juicio me perseguía allá donde iba.
La Amarilla era una muy buena amiga mía. Tanto es así que fue la única que no me acusó en aquel juicio. Ella sólo estaba de oyente. Desde luego, ella no podía decir nada, ni a favor ni en mi contra. Pero estoy seguro que, de haber podido, La Amarilla habría intentado aumentar mi condena. Puede que de ser así, ahora seguiría entre rejas. Pero no tenía ninguna forma de demostrarlo, así que no podía tener nada contra ella. Era una buena chica. Con los dedos cruzados mentalmente, encendí mi teléfono móvil. "¿Dos llamadas telefónicas en un día?" pensé. "Me acabarán pillando". Y reí. Apaqué el ordenador, y abrí la agenda del maldito teléfono. Allí estaba. En el primer lugar de la agenda, como el orden alfabético estándar dictaba. "A". Esta vez no me lo pensé. Si me tenían que pillar, que me pillasen.
Después de unos veinte segundos de dar el tono de llamada, saltó el buzón de voz. Y más que bajarme la moral, he de reconocer que aquello me acojonó bastante. La última llamada telefónica que hice antes del juicio, fue por un asunto de "trabajo". Y efectivamente, saltó el buzón de voz. Apagué el teléfono móvil con algo de miedo en el cuerpo. Me pareció ver un resplandor rojo por el rabillo del ojo, pero no eché cuenta. La heterocromía me jodía mucho los ojos. Justo entonces, alguien tocó la puerta. Ese "toc, toc, toc" fue la guinda del pastel para que yo acabara de acojonarme, y tirara lo que quedaba de cerveza al suelo, del bote que di. Suena absurdo, pero no lo era. Podía ser cualquier persona, o peor, cualquier grupo de personas. Podía tratarse de la policía, podía tratarse de un maldito vendedor de aspiradoras, o mucho peor. Podría ser McKarras. Ella podría saber perfectamente dónde vivía. No me gusta fiarme de los asesinos a sueldo, no sé. Es una manía que tengo. Cuando volví a escuchar que llamaban a la puerta con la misma poca intensidad, me relajé un poco, pero seguía con los nervios a flor de piel. Pensé en La Juez. Dije "al carajo". Me levanté, y abrí la puerta con decisión. Una chica con pelo rubio, castaño por algunas zonas, apareció ante mí. Vestía una camiseta de Arctic Monkeys, una chupa de cuero, y unos vaqueros. Sus ojos, de un intenso azul, y su pañuelo en la cabeza, me revelaron su identidad. Pero yo no podía acabar de creerlo.
-¡Sabes que estoy sin teléfono móvil, estúpido!-Dijo ella con mucho optimismo, y entrando en mi casa tranquilamente, como si de la suya se tratase.
-¿Tú? ¿Qué narices haces aquí? Oye, que puedes pasar, ¿eh? ¡Como si estuvieses en tu casa, desde luego! Y, ¿cómo coño sabes que te he llamad...?
-Tienes esto hecho una mierda, chico.-Me cortó.-Aunque poco más se podía esperar de un informático, ¿no?-Dijo, divertida. Yo no sabía qué pensar.
-Yo también me alegro de verte. Toma asiento, tranquila.-Dije inmediatamente al ver cómo se acomodaba libremente en mi sillón.-¿Cómo has sabido dónde vivo? Dónde malvivo, más bien.
-Ah, pero si me lo dijiste tú mismo. ¿No te acuerdas?
La verdad es que no me acordaba-No, no me acuerdo. Pero no importa. Me alegra verte, supongo. ¿Una cerveza?-Ya que ella había entrado con tanta confianza, me tomé la libertad de tener la misma. Era mi maldita casa, al fin y al cabo.
-Sí, por favor.-De repente, pareció como si la invadiese un sentimiento de tristeza y culpa. Puede que fuera impresión mía.
Fui a la nevera y cogí dos cervezas de las seis que quedaban. Le ofrecí una, y me senté en la incómoda silla que estaba delante del ordenador.
-¿Qué te trae por aquí?- Dijo ella. No había acabado de entender aquella pregunta.
-Vivo aquí. Has venido tú.-Argumenté, con aire de indiferencia.
-Ah, claro. Bueno, pues ¿cómo estás?
-Estoy. Has pasado mucho tiempo.-Bebí.-¿Cómo estás tú?
-Ya sabes, de un lado para otro. Últimamente no paro. Es lo que tiene el trabajo.-Dijo, con un suspiro de cansancio, y bebió.
-¿De qué trabajas?-Lo dije muy tranquilamente, pero la verdad es que me tenía intrigado. No recordaba que ella trabajara en nada.
-No tiene importancia. Pero la cosa es que trabajo con unos verdaderos cretinos. No querrías verlos ni en pintura. De verdad. Ah, ¿El Guardián entre el Centeno?-Había visto el libro que aún estaba encima de la mesa grande de caoba. Hizo además de levantarse y hojearlo.
-No toques ese libro.-Dijo bruscamente.-Por favor.
-¿Pasa algo, Ber?-Parecía que todos se ponían de acuerdo en llamarme así. Opté por no decir nada al respecto.
-No. No pasa nada. Una cosilla. No es por nada, pero, ¿habías venido por algo en especial? No es que me molestes, ni nada, pero...
En ese momento, miró muy rápido hacia su reloj de pulsera, y me callé.
-Se me ha hecho tardísimo, debería irme ya.-Dijo, como muy nerviosa.
-Pero si acabas de...
Bebió lo que quedaba en la lata de cerveza, y se marchó con un "Hasta pronto". La vi salir de forma apresurada, pero me dio tiempo a fijarme en algo. Ella no llevaba ningún reloj de pulsera.
No entendía nada de aquello. Y lo peor es que yo estaba cada vez más paranoico. Después de siete años, ¿por qué toda esa gente? O personas, más bien. Ni lo sabía ya. ¿Por qué todo tan de repente? Me quedé en la silla, acabándome la cerveza y pensando en todo aquello. En las visitas, la llamada a La Juez, todas las conversaciones... Yo no entendía nada. Al fin y al cabo, yo no servía para mucho. No servía para entender muchas de las cosas que pasaban en la vida real. Sólo servía para cuestiones digitales que traían de cabeza a muchos, y que para mí, estaban a un simple toque de tecla. Todo fuera de la más estricta legalidad, claro está.
domingo, 17 de noviembre de 2013
La Sicaria.
«Les juro que no suelo llorar nunca.»
Hay algo que pocos saben acerca de Internet. Sólo conocemos el 4% de esta gigantesca red de información. El resto de ella, el otro 96%, está podrido. Más aún. Deep Web. "Web Profunda", según su traducción al castellano. La red sin ley. En esas profundidades, no hay reglas. Lo que es ilegal arriba, es corriente abajo. Lo otro sólo es la maldita punta del iceberg. A esta parte de la web no se puede acceder por métodos de navegación convencionales, sino de una forma algo especial. Protocolos de red avanzados, configuración proxy, y demás jerga que nunca era problema para un hacker como yo. ¿Saben? Entrar en un sitio así demuestra una falta de moralidad bastante importante. Y yo no la tenía. Además, necesitaba algo de allí.
Cuando desperté en el raído sofá, la escena era la más deplorable que había visto en mucho tiempo. Yo tenía un aspecto horrible, el ordenador seguía encendido, y había muebles descolocados. Para más inri, allí seguía la segunda silla en la que La Juez había tomado asiento ayer. Esto último le trajo muchos recuerdos a la cabeza. Decidí que debía recoger un poco, más que nada para no acabar ahogado en la inmundicia, ni comido por una manada de ratas, ni ninguna chorrada por el estilo. Una vez hube dejado la casa algo decente, cogí un trapo para limpiar la mesa de caoba. Y entonces, se me heló la sangre.
Allí estaba mi ejemplar de El Guardián Entre El Centeno. Pero no podía ser el mío. Era imposible. ¿Y si...? No, no podía ser. Estaba a 500 kilómetros. Lo hojeé un poco, y vi que había algunas frases subrayadas. Las mismas frases que subrayé poco después de comprarlo, cuando lo releí una y otra vez. La Juez lo había traído, y yo no me había dado ni cuenta. La de cosas que se me pasaron por la cabeza. De veras. Empecé a leerlo. Cuando me quise dar cuenta, llegué a la página doscientos veintitrés. Ni me molesté en hojear el final, como solía hacer. Había anochecido, así que preparé algo rápido de cena, y me acosté. Dormí fatal.
Días después, recordé la visita de El Cliente. Maldito hipócrita. No permitiría que me tratara de buenas después de cómo me había jodido. Así que pensé. Si había hecho cosas horribles a la gente desde el otro lado de una pantalla de ordenador, podría hacerlo de la misma forma, pero más directamente. Parece un pensamiento muy cobarde. De hecho, lo era. Al fin y al cabo, ¿qué narices importaba ya? El conflicto entre él y yo era culpa mía, desde luego, pero esto no quedaría así después de aquel juicio. Era la hora de adentrarse en la Deep Web.
Tuve que preparar muchas cosas, ya que había pasado bastante tiempo desde que no entraba allí. Una vez estuve en la mayor clandestinidad posible, arranqué. La Deep Web tiene algunos motores de búsqueda. Escogí uno cualquiera, y tecleé "Sicarios". Intro. Un sinfín de sitios web se apareció ante mí, ofreciendo lo mismo; servicios de personas dispuestas a asesinar a otras por una importante suma de dinero. ¿Qué importaba la página que escogiese? Sólo quería algo rápido. Hice clic en la primera que aparecía, y junto a una cantidad exagerada de apodos completamente absurdos que tenían esos asesinos, salía su precio, y algunas opiniones de los "clientes". Aquello me hizo muchísima gracia. Investigué a fondo, y encontré a alguien algo peculiar. Era una chica. Teniendo en cuenta que el 98% de la gente que podía verse por allí eran del sexo masculino, aquello era bastante curioso. Una sicaria. Su seudónimo era McKarras. En su descripción, sólo rezaba "Donnie nunca falla". Aquello me gustó mucho, aunque no acabé de entenderlo. Así que me decanté por ella. Se abrió un cuadro de chat.
ipproxy_9768512: Hola.
McKarras: Hola. ¿Asunto?
ipproxy_9768512: ¿No es obvio?
McKarras: No me hagas perder el tiempo.
Encriptando archivo...
ipproxy_9768512 está enviando el archivo "JC.jpeg"
ipproxy_9768512: Es él.
McKarras tardó en contestar.
MacKarras: Vale.
ipproxy_9768512: ¿Necesitas algo más?
McKarras: No. ¿Para cuando?
ipproxy_9768512: Ya te iré diciendo. Estate atenta.
Cerré el cuadro de escritura de texto, y me quedé mirando a su descripción. "Donnie nunca falla". No sabía cómo sentirme en aquel momento. ¿Cómo había llegado a esto? Aunque ya no podía echarme atrás, no ahora. Demasiados problemas tenía ya. Apagué, por fin, el maldito ordenador, y tomé mi teléfono móvil. En la agenda de este había muy pocos números almacenados, pero yo sabía el que buscaba. En el cuadrante Nombre, sólo figuraba "M". Eso bastaba. No sabía si quería llamar, no sabía si ella querría cogerlo, no sabía siquiera si debería estar torturándome de aquella manera. Tal vez lo mereciera.No quería pensar más. Con mi dedo, toqué el recuadro "Llamar" que figuraba en la pantalla táctil.
Sonaba el tono de llamada. Tardó en contestar. No estaba acostumbrada a llevar un teléfono móvil, como los demás. Eso me encantaba.
-¿Sí?-En cuanto la escuché, estuve a punto de colgar.
-¿Dónde estás? Se escucha la carretera.-Yo lo sabía.
-¿Ah, sí? No, no importa. ¿Querías algo?
-¿Has traído tú el libro? Sólo dime eso.
Calló un momento.-¿Lo estás volviendo a leer?
No podía más. No hablé. Sólo estuve unos dos minutos, llorando, con el teléfono móvil en la misma posición, y la respiración acelerada. Ella sabía que yo lloraba.
-Lo siento.-Intenté vocalizar, pero con voz entrecortada.
-No. Tú no...
-Lo siento.
Hubo un silencio espeluznante.
-Sé que debo dejar de interrumpir a las personas. Perdona.-Dije con una risa entre sollozos. Qué imbécil me sentía en esos momentos.
Y colgué el teléfono. Me pareció escuchar, antes de colgar, un débil "final del libro". Abrí el libro por la última página, y vi unas letras escritas a mano. "Te quiero". Un aluvión de sentimientos invadió mi mente. Pero, incluso para mi sorpresa, no empecé a llorar. Me sentí mucho mejor después de haber expresado en dos palabras todo lo que llevaba pensando durante estos siete años. "Lo siento". Puede que me odiara. Puede que pensara que yo era la peor persona del mundo, pero yo había cumplido. Lo único que hice fue coger una cerveza, y tomármela mientras escuchaba Pink Floyd. Seguí dándole vueltas al tema de El Cliente. Sabía que ya no podía cancelar el trabajo de la tal "McKarras". Pero, ¿sería buena idea? ¿En qué carajo me estaba convirtiendo? Sólo lo sabía yo, pero aún no me daría cuenta.
La Juez.
«Y ahí volvía a estar yo.»
En la misma mugrienta casa a la que, tras mucho esfuerzo, conseguía llamar "hogar". Qué montón de mierda. Tras la charla con El Cliente, yo no podía pensar en otra cosa. Aquel tema ocupaba todo mi mente. Puede que sólo se hiciera el bueno conmigo por otras razones. O puede que de verdad quisiera arreglar las cosas. ¿Qué cambiaba? Nada, pues a mí no me interesaba arreglarlo. Ya no. Yacía en una incómoda silla frente a la misma pantalla de ordenador de siempre. Y yo estaba haciendo lo mismo de siempre. Conseguir información que no me interesaba para alguien que me interesaba aún menos. La pantalla de ordenador junto a la cual me pasé mis cuatro años de carrera, la pantalla de ordenador que me costó mi maldita reputación.
Llamaron a la puerta. Pero esta vez, yo no esperaba visita. Tenía un muy leve presentimiento de quién podía llamar a la raída puerta del "hogar" de alguien como yo. Pero no, no podía ser ella. Opté por no abrir la puerta, y continué reventando el protocolo de red de aquella página web. Pasaron unos dos minutos hasta que volvieron a llamar, pero con la misma suave intensidad y pasividad. Como si la persona al otro lado de la puerta tuviese toda la paciencia del mundo. Soltando un suspiro, acabé de picar el código HTML. Me levanté, me dirigí hacia la puerta, deseando que no fuese ella. Me daba igual que fuese la policía o algo por el estilo. Yo no quería verla a ella. Torcí el desgastado picaporte, y tiré hacia mí.
Les juro que no suelo llorar nunca. Pero, cuando vi aquella figura, una lágrima recorrió mi mejilla. Ella venía con una camisa, con la que solía ser mi gabardina y mi antigua gorra de caza roja, hecha por mí mismo. Su pelo por los hombros, y sus ojos de un único color castaño eran inconfundibles. En ese mismo instante, lo único que necesitaba era un precipicio tras de mí. La gravedad haría el resto. Estuvimos mirándonos un buen rato. Ella esbozaba una muy suave sonrisa, como solía hacer. Yo estaba serio, lacrimosos los ojos, intentando no decir nada fuera de lugar. En realidad, intentaba no decir nada. Me aparté a un lado como gesto para que pasase. Y ella pasó. Cerré la puerta, aunque ya poco me importaba. Ella tomó asiento frente a la mesa de caoba con la confianza que se puede tener en casa de un familiar muy cercano, aunque no me molestó en absoluto. A estas alturas no iba a molestarme. Ya, no. Yo me senté frente a ella, con la mesa de por medio. La Juez observaba la pantalla del ordenador, como si supiera lo que estaba haciendo. De hecho, lo sabía. Sabía a lo que me dedicaba, como me ganaba la porquería de vida que llevaba. Noté en su mirada cierta tristeza y compasión por mí.
-Sigues con ello, ¿eh?-Preguntó con un suspiro. Siempre había tenido una voz preciosa. No se le había acabado de pegar el acento andaluz.
-¿No lo ves?-Yo no tenía ganas de nada. Ni de estar allí con ella, ni de seguir robando información. Sólo quería pegarme un tiro.-¿Qué haces aquí? Ya cumplí.
-¿Es que no puedo pasarme a ver a un antiguo amigo?-Dijo con una sonrisa. Me entraron ganas de vomitar.
-Sabes que odio a la gente hipócrita.
-Eh.-Se alteró un poco.-No te pases.-La Juez siempre había tenido carácter. Eso me encantaba.-¿Cómo estás, después de tanto tiempo?
Moviendo mucho la cabeza, empecé a mirar a todos lados, como ademán para que ella hiciese lo mismo y se diese cuenta de lo que había sido de mí. La miré, nos miramos. Dirigí mis ojos a la pantalla de ordenador, y musité "Me pillas trabajando".
Ella suspiró.
-Aún estás a tiempo de dejarlo, Ber.-Ah, "Ber". El seudónimo en la red que me lo quitó todo. Maldita la hora en la que mis "amigos" empezaron a llamarme con ese maldito monosílabo.
La miré muy fijamente y puse el puño cerrado sobre la mesa.
-Te juro que si vuelves a llamarme así...
-Les has visto, ¿verdad?-Me cortó, como si supiese perfectamente lo que estaba pensando. Cada vez que alguien pronunciaba ese seudónimo, me acordaba de todas las personas que me jodieron la vida. Y pensé en los últimos a los que vi. El Dragón, y El Cliente.
-No.-Mentí.-Y, ¿cómo pretendes que lo deje? ¿De qué vivo? Es lo único que sé hacer. Me tiene atado.-Tenía razón, pensaba. Debía dejarlo, pero no podía. Me estaba consumiendo.
-Pero, ¿cómo eres tan imbécil?-Dijo, levantando la voz.-¿Cómo tienes el valor de decirme que no vas a dejarlo?-Aquello me molestó muchísimo. Reí, y cogí aire para lo siguiente que iba a decir.
-Nos vamos a ver pronto.
-Ahora nos estamos viendo.-Dijo La Juez.
-Adiós.-Susurré.
Ella comprendió. Se levantó de la silla. De camino a la puerta, me pasó la mano por el hombro. Cogió la puerta y se fue. Yo cogí un vaso vacío, y me serví un whisky. No pude pegarle el primer trago sin desplomarme en el suelo, roto en mi propio llanto. Puede que estuviese así unos cuantos minutos, pero me pareció un día entero. Cuando estuve mejor (por decir un calificativo), volví a dejarme caer en la silla del ordenador. Mirando la pantalla, hacia un código que no todos podrían entender.
public class StaticLoic{
public int hashCode(){
int hashCode = hashCode()+31
}
return hashCode;
}
Miraba estando ciego a todo aquel código. Qué cosas. "Siete años después, viene a decirme que deje lo que me da de comer. ¡Jo! Y con mi propia gorra y mi gabardina." Pero no era yo el que pensaba eso. Pensaba con la mente del protagonista de mi libro favorito. H.C. Y eso sólo pudo recordarme a otra persona.
Cosas. Cosas que pasan, dicen algunos cretinos. Hubo una época en la que sólo sabía comportarme como él, pero entonces yo era un niño que creía que ser hacker profesional era lo mejor que existía. Ahora, me ha jodido la vida. Y no sé hacer nada más.
El Cliente.
«Aquello me estaba matando.»
Aún no había salido el sol. Miré hacia mi muñeca, donde estaba ese desgastado y clásico reloj digital Casio, que guardaba desde hacía ya siete años. Marcaba las 8:00am. Lo compré en Prado de San Sebastián la mañana antes de ese juicio; supongo que para que me diera suerte. "Suerte", dije con un suspiro. Ese reloj no hizo más que traerme problemas. Puede que no fuera así, y la culpa fuese mía. Puede que fuera una señal para deshacerme de aquel maldito reloj. Pero como les iba diciendo, el reloj marcaba las 8:00am.
Y ahí volvía a estar yo. En Prado de San Sebastián. Pero esta vez estaba frente a los Juzgados de Prado de San Sebastián. Siete años después. Un escalofrío no dejaba de recorrerme la médula espinal cuando miraba al umbral de las oficinas centrales del Juzgado. Volví a mirar, y allí estaba a quien esperaba. El Cliente. Me dirigí hacia él. Llevaba su ya característico pelo al cepillo. "Qué ironía", pensé. Encontrarme con él en Prado de "San Sebastián".
-Ha pasado mucho tiempo.-Me dijo. Su voz me trajo unos recuerdos terribles.-Sigues igual.-Seguía conservando su acento del norte.
-¿De estropeado, dices?-Dije con una amarga voz, mientras esbozaba la sonrisa más falsa de la historia.
-Esto debe volver a ser lo de antes. Sé que no soy el único que lo piensa.-Recordé la visita del Dragón. Pensé en mentirle, pero algo me lo impidió.
-No eres el único que quiere.-Dije después de carraspear. Miré a sus ojos del mismo color.-Pero hay personas a las que no les atrae la idea. Mejor dicho, gente.
-¿Quién?-Él ya lo sabía, pero lo dijo para escucharlo de mi boca.
-Adivina.
-Tú no eres gente, Ber.
-No. Me. Llames. Ber.-Tosí.-Nunca más. Ahora sí soy gente.
Yo sólo quería desaparecer. Hubo una pausa.
-Eres un pirata informático. Sabías a lo que te enfrentabas.-Con esto, tenía toda la razón del mundo. Levanté la cabeza.
-Sí que lo sabía, sí. Me lo esperaba. Pero no esperaba que os comportáseis así.-Aquello le sentó como una patada en el estómago.-Pero no te imaginas lo que más me jodió.
-Sí que me lo imagino. Es más, lo sé.-El Cliente esbozó una irónica sonrisa.
-Lo que más me jodió-Continué, como ignorándole.-fue el hecho de que fuese ella la que me juzgó. Estuvimos todos en ese juicio, ¿recuerdas? Bueno, no. No todos.
Sabía perfectamente quién faltó. No sabía que pensar. Tenía muchas cosas en la cabeza.
-Cada vez soy más capullo.-Dije, a la par con mi mente.
-Lo eres.-Dijo El Cliente, con una sonrisa. De repente, me invadió un extraño optimismo.
Hubo una pausa aún más larga.
-¿Quieres venir a tomar un café?-El muy cretino no había olvidado mi pseudoadicción al café.
-Sí.-Respondí, al fin, con un suspiro. A día de hoy, no sé porqué narices acepté.
Estuvimos hablando del Dragón, de La Juez, y de qué había sido de nuestras vidas. Sentí un raro afecto que se repitió tras bastante tiempo.
Nunca me sentí tan miserable. Supongo que la gente miserable no deja de culpar a los demás para sentirse mejor con ellos mismos.
Personas. Gente. Ahora yo era uno más de este último grupo al que, desde que tengo uso de razón, sigo despreciando.
El Dragón.
Seis y veinte de la tarde. Salón oscuro, ambiente recargado y tétrico. Las bombillas apagadas, las persianas cerradas, y unos haces de luz dorada por sus huecos entraban. Distinguíase un papel pintado con un aspecto horrible, parece que elegido a conciencia para que no casase con el color de las cortinas, de un intenso púrpura. Absurdamente deprimente. La decoración de la casa debía tener, como mínimo, el triple de edad que la única silueta presente. Allí estaba yo, ocupando un asiento en aquella lúgubre habitación. Llevaba mi deteriorada camiseta de Nirvana, y unos vaqueros. De aspecto juvenil, pero algo estropeado, cualquiera diría que por la influencia de aquel lugar. Llaman a la puerta. Con aire cansado, se levanta, y se dirige a abrir la puerta. El Dragón. Si hubiese sabido que era él, preferiría estar muerto. No tuve más remedio que invitarle a pasar. "Toma asiento", dije con voz ronca, y seguidamente me aclaré la garganta. Acerqué una segunda silla a la desgastada mesa de ébano, y nos sentamos. Allí me quedé, observándole. Con su ya crecida melena, su estúpida camiseta Targaryen, y sus ojos del mismo color. Su expresión facial permanecía impasible, aunque reflejaba inquietud.
-¿Y ahora?-Dije yo, por fin.-¿Por qué ahora?
-Porque es imprescindible.-Dijo con su voz de toda la vida. Llevaba sin escucharle unos siete años, y tenía la misma voz.
-Me jodiste. Mucho. ¿Por qué iba a ceder yo ahora?
-No te enteras de nada. Era un juicio muy importante. Era mi cliente.
Suspiré. Aquello me hizo pensar.
-Ya veo. Entonces todo fue un asunto de dinero, ¿eh? La gente hace cosas horribles a sus amigos por culpa del maldito dinero.
El Dragón se levantó un poco de la silla, y me miró de forma amenazante.
-Eres un gilipollas.-Dijo, masticando mucho las palabras.
Reí. Aquello me hizo muchísima gracia, y solté una seca carcajada. Rebusqué en mi bolsillo, y saqué un paquete de tabaco. Le ofrecí un cigarrillo, y puse otro en mi boca. Saqué un mechero, y encendí sendos cigarrillos. Dí una calada, y dije:
-Pensé que ya lo sabías.-Y expulsé el humo. Nunca me había sabido peor.-Todos lo sabían.
-Lo hiciste fatal. No podía hacer otra cosa en aquel estúpido juicio.-Fumó.-Además, conocías las razones del cliente.
Dí un golpe en la mesa.
-Las razones me la sudan. Confiaba en ti.
-No seas así, Ber.
-No me llames "Ber". Nunca más.-Dije lentamente en cuanto terminó de pronunciar aquel monosílabo. Estoy seguro de que lo hizo queriendo para joderme.
-O sea, que es eso. Se acabó.-Argumentó firmemente.
-Para siempre.
-Y, ¿ni siquiera te importa?
-No.-Mentí. Aquello me estaba matando. Yo estaba a nada de lanzar la mesa por los aires.
-Me duele que digas eso.-Dijo de la manera más falsa posible, como si en ello le fuese la vida. Entrecerró los ojos, tal y como solía hacer tiempo atrás. "Qué ironía", pensé. Perdí aquel juicio, y he perdido mi juicio. Una suave brisa pareció recorrer la estancia. Me quedé callado durante medio minuto.
-Ese no es mi problema. Es tuyo, y de él.-Quería coger un revólver y pintar las paredes con mi cerebro.-Adiós.-Dije, finalmente, con voz entrecortada.
-Bermellón.-Dijo, como reprochando.
-Adiós, Dragón.-Repetí.
Se levantó de la silla, y se fue. Me quedé callado un rato. Sólo unos minutos que se me hicieron eternos. Después, me dejé caer en el antiguo sillón de piel.
Lloré. Lloré como no lo había hecho en mucho tiempo. Como sólo lo había hecho al acabar aquel maldito juicio. El juicio que me costó mi reputación. Él fue mi verdugo. Un verdugo que solía ser mi mejor amigo.
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