martes, 15 de septiembre de 2015

Mi primer día de clase.

¿Sabéis esa sensación que tiene prácticamente todo el mundo sobre estas fechas? ¿Ese sentimiento que te produce impotencia y estrés? No, esto no es un anuncio de pastillas contra los gases. Me vengo a referir a esa vocecita que te dice "no has aprovechado bien el verano", "podrías haber hecho más cosas en tus vacaciones", e infinitos enunciados más de esa calaña. Bien, pues parece que ese cáncer anual que se repite como la peor de las rutinas me ha golpeado este año más violentamente que de costumbre.

Resulta que las vacaciones han acabado para mí. Sabía muy bien que este momento llegaría, y aún no me lo puedo creer. Este verano no he hecho absolutamente NADA de provecho. No, no exagero. No exagero una mierda.
















Esto es, a grandes rasgos, lo que
he hecho este verano. Definitivamente
nada. Vacío cósmico.


Lo que nos lleva a lo siguiente. Si crees que ha supuesto un cambio en mi vida haberte conocido en este verano, solo te engañas a ti mismo o a ti misma y tu coeficiente intelectual es decididamente bajo. El verano de 2015 y todo su contenido es una mezcla de pus, mierda y sangre menstrual fermentada.

Aclarado este punto, mis allegados sabrán que hoy he tenido mi primer día de clase, y esto es lo que vengo a narrar hoy. Lo que sucede es que me toca empezar de cero en un instituto nuevo, con compañeros nuevos y profesores nuevos.

Cuidado. No digo eso por mi falta de confianza,
la cual me viene importando un cipote. El caso 
es que no me gusta socializar. Mi vida sería
mucho mejor si viviera enclaustrado en mi habitación,
alimentándome de lo que necesitara, sin nadie
molestándome. He tenido sueños eróticos así.


Y así es como empezamos la crónica. Como no sabía la hora a la que tenía que llegar hoy al instituto para la presentación, ya que los chupatintas administrativos no se han molestado en informar a los alumnos ni siquiera con un correo electrónico (con lo chapados a la antigua que están, pensarán que cuesta dinero) decidí llegar a una hora prudente para ahorrarme dolores de cabeza.

Me presenté allí a las 8:45, y tal fue mi sorpresa cuando vi el instituto casi vacío. Llamé a la puerta de la secretaría, y como a las dos horas se asomó una señora con cara y voz de urraca, a la que pregunté amablemente a qué hora era mi presentación.

La secretaria, poniéndome mala cara, me informó de que mi presentación era a las 13:00.

Llegué 4 horas y 15 minutos antes.

Aunque sé que no era culpa de la señora secretaria, aquello me enfadó tanto que le di un puñetazo en la mandíbula, la arrastré por toda la acera cogiéndola del pelo y luego la dejé en un kebab cercano. Decidí volver a mi casa, para luego coger el Metro una vez más y volver a la hora indicada. El curso prometía.

Tras un buen rato de tirarme en la cama a escuchar música y no hacer nada más (paso así la mayor parte del tiempo) volví a salir al instituto. Llegué a mi clase e identifiqué rápidamente a los que serían mis compañeros de clase. Ya sabía quién era el que estudiaba mucho, el que no estudiaba nada, el gracioso, aquel al que le pediría los apuntes, aquel que me pediría los apuntes... Mi tutor es un caballero muy formal, el cual creo que será el único con el que me lleve bien.

¿Y qué podíamos esperarnos de un grado superior de informática, sino que no haya NINGUNA CHICA?

Ninguna chica, por el amor de dios. Entras a clase y vas pisando nabos por el camino. Menuda decepción. Esto, sumado a mi absolutamente nula capacidad de hacer amigos, vaticina un curso lleno de emociones.

Me cago en dios. No me toquéis.

lunes, 17 de agosto de 2015

Vorágine mental de las 6:38.

A veces mis amigos (las personas que aguantan diariamente el cruel yugo que supone estar cerca de mí) me preguntan las cosas más extrañas:

Oye Luis, si en algún momento te llegaras a suicidar, ¿cómo sería tu carta de suicidio? ¿Qué escribirías para mencionar tus últimas palabras?”

Esto me dejó pensando.
Así que después de mucho reflexionar, escribí una carta de suicidio. No tengo previsto abrirme la puta tapa de los sesos, pero creo que será una buena "copia de seguridad" tener esta misiva guardada en algún lado ‘pa un por si’. No vaya a ser que, depresión de por medio, tenga, además, que sentarme a escribir algo...
Como buen macho vernáculo y cavernario que soy, y muy lejos de esos cretinos inmaduros que se afeitan con espuma, para mí, que uso navaja, azufre y vinagre, es menester estar preparado. No me voy a ir de este mundo sin algo que decir.


CARTA DE SUICIDIO:

"Hola Dios, payaso hijo de puta. Sobra decir que la palabra payaso no es más que un muy humilde diminutivo ante tu vasta “magnificencia”, porque todo sea dicho, tú eres peor que Pennywise (el payaso de It, si no lo conoces eres comunista). Lo que voy a escribir lo quiero dejar por sentado en caso de que no existas; no vaya a ser que al pegarme el tiro (o lo que sea) simplemente me desvanezca, y al final resulte que yo no soy más que un pedazo de carne con conciencia. Menuda decepción."


¿Sabes? No me gusta como ha empezado la carta. Permíteme:

"Hola, Dios, querido súcubo cósmico, grandísimo hijo de puta, puta que fue el vientre de la creación en la que, maldita la hora, decidió darte cabida en este Universo, padre de Jesús, Rey de los Pederastas del siglo XXI, salvador de inquisidores, legionarios, nazis, comunistas, musulmanes radicales y avalador de un mundo tercermundista. Eres el Dios de un mundo del tercer mundo. Redundancia redundante. ¿Qué se siente tener que sentarse al lado de los otros dioses, que apadrinan civilizaciones mucho mejores que esta mierda? Supongo que igual que yo cuando veo a alguien que tiene un ordenador bastante mejor que el mío. Puede que lo que nos asemeje es que ambos somos unos técnicos de mierda, pero a veces no puedo dejar de verte como a un puto ignorante al que no le importa que el ordenador esté lleno de gusanos. Seguramente eres la versión en Dios de un niño rata. Eres lo peor.


Te diviertes bastante ¿verdad? Durante diecinueve años fui tu soldadito de plástico. Sí, fui afortunado en muchas cosas; como que, por ejemplo, no me ha entrado cáncer (todavía), pero diste por culo. Vaya si diste por culo. Hiciste el equivalente a matarte a pajas justo antes de sentarte a la mesa a comer, dar problemas y, en muchas situaciones, hacerme la vida imposible. ¿Suerte? Tú no me diste suerte, cosa que en cualquier otro momento me haría encoger de hombros y decir “c’est la vie”, de no ser porque lo que sí me diste (y en abundancia) fue mala suerte. De hecho, creo que tú no das por culo, tú maldices. Eres como un profesor de teatro que decide a quién le toca hacer los mejores papeles y a quién le toca ser el que se viste de árbol. 

Y en el caso de que yo esté equivocado y resulta que tú no intervienes en este mundo por aquello del libre albedrío, de la independencia o qué se yo, por lo menos ya sé algo: te gusta ser un cabrón. Para todos los necesitados eres como yo cuando me da palo responder un WhatsApp...
De todos modos, es más que posible que esté discutiendo solo. ¿Quién sabe si existes? Realmente, convendría que existieras. Pero la verdad, es improbable. No hay bien en el Universo, todo es caos. Es jodido, y todo es por tu culpa...


¿Sabes qué? Aunque no existas, vete a la mierda. ¿Me escuchas, cosmos? Quienquiera que esté ahí: hijo de puta.

Y muchas gracias por no darme nunca un Audi blanco, porque, si fueras Dios, deberías saber que me gusta el negro.

lunes, 27 de julio de 2015

Encuentros puntuales.

Estamos a día 27 de julio del año 2015, y hoy me ha pasado algo que creo que debo compartir con todos vosotros. 

Actualmente estoy yendo a una autoescuela para sacarme el permiso de conducir y pasarle los testículos por la cara a mi padre, que no quería que me lo sacase antes de los 20 años. Estaba saliendo de la autovía para llegar al centro de Sevilla, cuando veo a unos 15 metros un paso de peatones (en el que yo tenía prioridad por un semáforo en verde) por el que pasaba tranquilamente una mujer de unos 30 años con complexión de puta mierda, y una pinta de haberse metido toda la heroína que hay en Europa del Este. 

Mientras pitaba y pisaba el freno, este humilde narrador sacaba la cabeza por la ventanilla para "cagarse en los putos muertos de la yonki de mierda que va tan puesta que no es capaz de ver el puto muñequito rojo del semáforo de los cojones". Creo que nunca he soltado tantos improperios en tan poco tiempo. Algo dentro de mí me hizo sentirme orgulloso de mí mismo, y sentirme parte de ese gran grupo de conductores que explotan a la mínima. 

Lo interesante vino cuando la patana coge y me levanta el brazo mientras me grita y sigue andando. Entonces pisé el acelerador cuando supe que podía pasar sin atropellarla, y cuando la tuve a mi lado, grité "casi le hago un favor a tus padres, hija de puta". Aceleré y me fui. 

Creo que voy a relajarme un poco, no está bien decir tantas cosas feas. Eso sí, espero que no volvamos a cruzarnos con ella. Mi profesor de autoescuela, en el asiento del copiloto, estaba gritándole incluso más que yo. Miedo me da.

jueves, 23 de julio de 2015

Los sueños... ¿sueños son?

Eso es lo primero que he pensado al despertarme hoy por tercera vez. Uno de los sueños que he tenido presentaba un reflejo tan claro de la realidad, que ha asustado un poco. Y no, no voy a escribir aquí lo que he soñado. Mis sueños los escribo todas las mañanas en un cuaderno que tengo, y ahí se quedarán. Escribir los sueños da más rienda suelta a la imaginación y refuerza la memoria. O eso dicen.

Siempre me interesó el estudio de los sueños. Y no solo la simple interpretación de símbolos oníricos. Los símbolos oníricos son aspectos que aparecen en los sueños, y que tienen una interpretación específica en nuestra vida. Por ejemplo, una casa en un sueño simboliza una persona. Si la fachada de la casa tiene balcones, se trata de una mujer. Por el contrario, si no los tiene, simboliza un hombre. O por ejemplo, si soñamos que tocamos el piano o que nos agarramos a las ramas de un árbol, en nuestro sueño se refleja la masturbación. Sigmund Freud acuñó parte de estos símbolos oníricos, y han sido objeto de estudio.


He leído algunos libros sobre este tema, pero es muy difícil encontrar un libro que no sea un simple "diccionario" de símbolos, sino que se trate de una redacción acerca de la ciencia onírica. Me interesa el tema, pero ¿sirve de algo? Al fin y al cabo, no está científicamente demostrado que los sueños sean un reflejo de nuestra vida "terrenal". ¿Es nuestra vida "despierta" el verdadero sueño? Suficiente filosofía por hoy. Desde luego, si mañana me toca el Euromillones, os diré con exactitud si la vida es sueño.

miércoles, 22 de julio de 2015

A todas ellas.

Uno despierta en su cama a las 4:30 de la madrugada debido al calor, y lo primero que piensa es "¿por qué no puedo vivir en la puta Antártida?"; y acto seguido intenta volver a dormir. Uno luego se da cuenta, tras muchas vueltas en la cama, de que es imposible. Así que se piensa en cosas. Se piensa en cómo se ha llegado a ser lo que uno es hoy.

Así que aquí estoy, 6:05 am, café en mano, reflexionando sobre las chicas que me crucé en mi camino, sin las cuales hoy no sería absolutamente nada.

A J, por hacerme ver lo importante que es estar cerca de alguien.

A J, porque gracias a ella sé que "adiós" no es "hasta luego".

A C, por enseñarme que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

A M 1, porque me hizo saber tomar decisiones difíciles.

A I, porque aún tengo un enorme vacío en mi interior.

A I, por hacer que me de cuenta de que las personas no solo hablan con la boca.

A I, porque me enseñó a no doblegarme por nada.

A B, por enseñarme la importancia de sentirse cómodo con alguien.

A B, porque aprendimos que hay que saber lo que significan las palabras antes de decirlas.

A B, por hacerme ver que las amistades no son para siempre.

A M 2, por enseñarme a querer a alguien sean cuales sean las adversidades.

A M 2, porque aprendimos que los kilómetros no eran nada.

A M 2, porque me enseñó que si quieres algo, vas a por ello.

A M 3, porque me ayudó a tener más confianza en mí mismo.

A M 3, porque también me ayudó a perder parte de esa poca confianza en mí mismo.

A M 3, por enseñarme que nadie está para siempre.


PD: Voy a intentar escribir aquí más a menudo. Necesito una vía de escape que no sea el helado. Hasta pronto.