Como buen macho vernáculo y legionario que soy, apagué el motor de forma muy relajada y me bajé de mi coche. Me dirigí hacia el vehículo que había provocado el accidente (el cual estaba completamente destrozado), saqué de allí al conductor al más puro estilo Grand Theft Auto y le di un guantazo con el dorso de la mano. Murió en el acto. Yo, por mi parte, rellené la hoja de parte amistoso con el resto de conductores y me fui a atender mis asuntos, de infinita importancia.
En el momento no lo sentí, pero unas horas después empecé a notar dolores en el cuello y la espalda, ocasionados por el latigazo cervical, o algo así me han dicho. Se habían confirmado mis peores miedos: yo estaba herido de gravedad. Al día siguiente fui a la dirección del joven que provocó el accidente y le pisé la cabeza, interrumpiendo el debate que estaba haciendo con sus amigos acerca del comportamiento de ciertas partículas sometidas a distintos tipos de energía. Luego fui al hospital.
Tras esperar la liviana cola de urgencias (la cual estaba conformada con el obligado gitano de turno acompañado de toda su puta familia en más de un 50%, puedo asegurar), me atendió el médico más inútil del siglo. El tipo insinuó que no podía hacer nada y que el dolor se me pasaría con el tiempo, así que lancé su escritorio por los aires ante su incrédula mirada y le amenacé con un bisturí. Tras entrar en razón, conseguí que me diera cita para entrar en rehabilitación, y volver a desarrollar mi vida de manera normal. Aún había esperanza.
Craso error.
Aquí iré narrando, día a día, mis experiencias en el centro de rehabilitación junto con algunas reflexiones que escribiré sobre la marcha. Disfrutad de mi sufrimiento.
Día 1: Nada más llegar, tardo 15 minutos en buscar al fisioterapeuta que se me ha asignado. Al encontrarlo, me dice que me siente en una silla y me coloca cerca de la espalda una lámpara de infrarrojos de esas que dan calorcito en los bares. Me han puesto también uno de estos archiconocidos aparatos de gimnasia pasiva de la teletienda. La espalda y el cuello me duelen como el doble. La cosa promete.
Día 2: Me han puesto a otro fisioterapeuta. Al parecer el anterior está de baja por depresión después de que yo le insultase para divertirme. Me han vuelto a poner la lamparita y lo de la teletienda, y me han dicho que mañana empiezan a darme masajes. No puedo esperar.
Día 3: Vuelvo a estar con la lamparita de los huevos. Empieza a oler a churruscadito. El fisioterapeuta me ha tumbado en una camilla y me ha dicho que iba a hacerme un masaje en el cuello. En cuanto ha empezado me he tirado un pedo muy sonoro y todos los presentes se han quedado callados y me han mirado mal, jajajajaja.
Día 4: Hoy me han puesto unos electrodos más gordos en la espalda. No me hacen nada, pero el brazo se me mueve solo y parezco el Langui, lo cual hace risa.
Día 5: Estoy hasta los cojones.
Día 6: He pasado un fin de semana de culo, me duelen hasta los putos párpados y me mareo cuando muevo el cuello. En rehabilitación me dicen que es normal. Vale.
*Salto algunos días para que la entrada se haga más amena*
Día 10: Ha vuelto el fisioterapeuta que estuvo de baja por depresión por mi culpa. Cuando he entrado me ha mirado mal, así que he estado escupiendo en el suelo cada vez que tenía mocos.
Día 11: Es el último día de mi rehabilitación. Mañana tengo que ir a ver al médico al que amenzacé con un bisturí para que me diga si ya estoy bien o si mi alma debe seguir siendo torturada. El fisioterapeuta me ha hecho crujir la espalda y el cuello y me ha dejado mucho peor. He preguntado en recepción si eso es denunciable y me ha mirado como si estuviese loco. Qué mierda de hospital.
Seguiré actualizando mi blog a medida que mi infierno personal se extienda. Ojalá me hubiese arrollado un autobús y me hubiese quedado ahí. Al menos no tendría que andarme con mierdas.
Día 3: Vuelvo a estar con la lamparita de los huevos. Empieza a oler a churruscadito. El fisioterapeuta me ha tumbado en una camilla y me ha dicho que iba a hacerme un masaje en el cuello. En cuanto ha empezado me he tirado un pedo muy sonoro y todos los presentes se han quedado callados y me han mirado mal, jajajajaja.
Día 4: Hoy me han puesto unos electrodos más gordos en la espalda. No me hacen nada, pero el brazo se me mueve solo y parezco el Langui, lo cual hace risa.
Día 5: Estoy hasta los cojones.
Día 6: He pasado un fin de semana de culo, me duelen hasta los putos párpados y me mareo cuando muevo el cuello. En rehabilitación me dicen que es normal. Vale.
*Salto algunos días para que la entrada se haga más amena*
Día 10: Ha vuelto el fisioterapeuta que estuvo de baja por depresión por mi culpa. Cuando he entrado me ha mirado mal, así que he estado escupiendo en el suelo cada vez que tenía mocos.
Día 11: Es el último día de mi rehabilitación. Mañana tengo que ir a ver al médico al que amenzacé con un bisturí para que me diga si ya estoy bien o si mi alma debe seguir siendo torturada. El fisioterapeuta me ha hecho crujir la espalda y el cuello y me ha dejado mucho peor. He preguntado en recepción si eso es denunciable y me ha mirado como si estuviese loco. Qué mierda de hospital.
Seguiré actualizando mi blog a medida que mi infierno personal se extienda. Ojalá me hubiese arrollado un autobús y me hubiese quedado ahí. Al menos no tendría que andarme con mierdas.
