lunes, 7 de septiembre de 2020

Caída y catarsis

Hace mucho que quiero escribir esto.

Esta es mi experiencia, que no tiene por qué ser (y tampoco me gustaría que fuera) compartida, ante una enfermedad crónica que llevo sufriendo toda mi vida, como es la dermatitis atópica severa. Esta entrada irá acompañada de documentos gráficos que no son muy agradables a la vista, para ilustrar aquello a lo que me vaya refiriendo. Te ruego que me disculpes, lector o lectora, si son demasiado agresivos. Yo también he tenido que hacer un trabajo de búsqueda del dolor, de retrospectiva y de auto compasión para atreverme a contar a todo el mundo (que lo quiera leer) esta fase.

Escribo esto el día de mi 25 cumpleaños. En las últimas semanas se han sucedido muchos cambios en mi vida, y considero que es un buen momento para plasmar esto en lo que llevo tanto tiempo pensando.

Desde pequeño siempre he sido una persona cerrada. Seria, con miedos, con inquietudes. Un chico muy callado. Mi madre siempre me lo ha dicho: "Tu hermana era muy mala de chica, tú eras más calladito". Desde una muy corta edad empecé a tener erupciones en la piel, rojeces, especialmente en los muslos. Recuerdo que mi madre siempre me aplicaba una mezcla de 2 cremas con corticoides, que estaban diseñadas para echarse de ese modo. Peitel y Scheribase, se llamaban. Estaban fresquitas. Desde los 4 ó 5 años, ya me las ponía yo mismo, y lo veía algo de los más normal. Mis problemas de sueño, que incluso a día de hoy vengo sufriendo (como insomnio ocasional y sonambulismo), fueron motivados por la sencilla razón de que pasaba la mayor parte de la noche rascándome en la cama, incluso dormido. Mi madre me descubría todas las mañanas con las postillas del día anterior quitadas, y llegaba a ponerme manoplas por la noches.

Mi dermatitis atópica es hereditaria. Es lo único que me ha dejado mi abuelo paterno, él también estaba bastante afectado por el tema. La piel de las personas que padecemos esta enfermedad es más sensible porque no tenemos algunas proteínas que mantienen la barrera que nos protege contra el agua.

Esto fue desapareciendo con los años. Cada vez iba teniendo menos y menos erupciones. Creo que a los 8 años, apenas tenía ningún enrojecimiento en la piel, aunque en la mayoría de los casos, esta enfermedad va desapareciendo al llegar a la adultez.

Hagamos fast-forward. Yo ahora tengo 18 años, y acaba de empezar el verano. Mis padres se acaban de divorciar, y mi vida cambia bastante. En casa hay más cosas que hacer, dejo de hablar con el que fue mi mejor amigo desde la infancia, tenía una pareja con la cual había mucha afinidad, me saqué el carnet de conducir. Por aquella época, comencé a ver que en mi piel (concretamente, en la cara) comenzaron a aparecer algunas rojeces que me picaban. Más tarde supe que eran eccemas.

Estos eccemas picaban mucho, aunque no les di la mayor importancia. Es más, ni siquiera recordaba aquella época de mi niñez en la que comenzó a manifestarse la enfermedad. Lo achaqué a alguna reacción alérgica, aunque nunca fui alérgico a nada. Pero a más me rascaba, más me picaba. Y a más me volvía a rascar, más se agravaban y más grandes se hacían. Me llegaba a rascar dormido y me levantaba hecho polvo.

Y a partir de aquí, comienza esa etapa de mi vida que duró 5 años, hasta que cumplí 23. He incluso hoy, al escribir esto, me tiemblan un poco las manos.

Todo esto se fue agravando hasta niveles muy, muy jodidos. ¿Sabéis estas camisetas que tenemos todos y todas, viejas, que usamos como pijama? Todas las que tenía estaban ensangrentadas, como si me hubieran apuñalado por las noches, aunque el que me apuñalaba era yo mismo. No solamente tenía postillas y rojeces en la cara (las cuales ocupaban mejillas, labios, párpados y sobre todo, la frente). También en en zonas como axilas, corvas de las piernas y los brazos. Ay, los brazos.

    En esta foto puede verse, 
    aunque poquito, cómo me veía.


    Aquí estoy en el Metro. 
    Me daba un poco de vergüenza 
    entrar así, la gente me miraba y 
    se apartaba como si fuera contagioso.
 
Por las noches comenzaba el festival del picor. Me despertaba con las manos, el pijama y las sábanas llenas de sangre, llegaba a despertar en mitad de la noche llorando de dolor. Tenía los párpados tan jodidos que, algunas mañanas, ni siquiera podía abrir los ojos.

No exagero si os digo que mi madre y yo fuimos a todos los dermatólogos de Sevilla. Y el proceso siempre, siempre era el mismo. Análisis de alergias negativo. Exploración visual. ¿Diagnóstico? Una dermatitis atópica crónica, muy agresiva. ¿Tratamiento? Crema corticoidal y antihistamínicos de vía oral. Las cremas funcionaban... durante unos 3 ó 4 meses. Funcionaba del siguiente modo. Durante las primeras 2 semanas, experimentaba un empeoramiento importante. Luego la cosa iba mejorando, aunque nunca llegué al punto de no tener nada en la piel. Con el tiempo mi piel se iba acostumbrando a la medicina de la crema, y volvemos a la casilla de salida. Cuando llegaba a casa y me quitaba la ropa para ponerme el pijama, me sorprendía a mí mismo rascándome todo el cuerpo, sin siquiera darme cuenta. Había cotidianidad, y la sensación de aliviar ese picor era casi orgásmica, a pesar de saber que segundos después vendría un dolor insoportable.

    Esta mejora transitoria se veía así.
    Continuaban las rojeces y el picor,
    pero no se veían tan grotescas. Al
    menos durante un tiempo.
    Navidad de 2017.


    Aquí estoy en la feria de abril de 2018.
    Se puede ver cómo comienza a empeorar la cosa,
    por las razones que os he comentado. En la parte
    superior de mi frente, casi tapada por mi pelo,
    hay una enorme postilla de pus. Solo con darme
    el sol, ya me dolía.

La cosa no quedó ahí. Fui empeorando más y más. La piel escamada y la sangre estaban a la orden del día, y en mi almohada solo aparecían trocitos diminutos de piel seca y sangre. Las duchas eran lo peor, sobre todo en invierno. El agua caliente me hacía gritar de dolor, y tenía que secarme con la toalla con mucho, mucho cuidado, posándola repetidamente sobre mi piel muy despacio para no frotar. Pero si pasaba demasiado tiempo con la piel mojada, volvían los picores. Era una contrarreloj. Llevaba una higiene extra meticulosa. No dejaba que hubiera polvo en mi habitación, cambiaba las sábanas cada 2 ó 3 días, fumigaba a menudo. La relación tóxica que tuve en aquella época tampoco ayudó.

    ¿Hola? ¿Marvel Studios?
    Sí, llamaba por lo del casting
    para interpretar a Red Skull.


    Sin comentarios.

Llegué a tener muchos problemas de autoestima, sumados a los que ya traía en la mochila. Que la gente te mire por la calle, fijándose en lo repugnante que eres, no ayuda. Que se aparten de tu camino cuando tú vas con la cabeza baja, tampoco. Mi familia y mis amigos estuvieron ahí conmigo, ayudándome en todo en lo que estuvo en su mano. Desde aquí les doy las gracias de corazón.

Que me juzguen los que me quieran juzgar por lo que viene a continuación, pero yo ya lo había probado todo, y raro era el día que no lloraba porque no quería salir a la calle a mis 22 años. Mi tía Maribel, la hermana de mi madre, siempre ha sido una persona muy interesada en la medicina alternativa; y la verdad es que le ha ido bastante bien. Me recomendó que probara la homeopatía, y me reí. Siempre he sido muy, muy escéptico ante estas pseudociencias. Me gustaba leer sobre el horóscopo, la frenología, pero... bah.

Finalmente hablé con mi madre, y me dijo que no perdía nada por probar. Ya me dejé mucho dinero en cremas, probemos otra cosa. Me advirtieron de que experimentaría un empeoramiento brutal al principio, y vaya si lo experimenté. Y según me contaron, las personas con enfermedades cutáneas somos personas muy nerviosas, con muchas cosas en la cabeza y mucho estrés, y que manifiestan todo eso que tienen dentro a través de su piel. Todo iba teniendo sentido. Compré unas bolitas que tenía que ponerme debajo de la lengua y dejar que se disolvieran. No podía tomarlas menos de una hora después de comer. No podía tomar ningún tipo de excitantes como cafeína o teína. Ni ningún depresivo como el alcohol (no bebía nada ya, ni bebo). Debía practicar técnicas de relajación. Los nombres de esos "medicamentos" eran Sulfur y Nantrum Muriáticum. Sus ingredientes, como leí en el envase, eran lactosa y sacarosa.

Las primeras dos semanas fueron las peores que recuerdo. Yo tomaba al día unos 4 ó 5 cafés, 2 ó 3 Cocacolas, y una bebida energética. Corté todo eso de raíz. Muchas veces intento concienciar a mis amigos de lo malo que es tomar demasiada cafeína, porque dejar todo eso me provocó insomnio, cansancio extremo, gastroenteritis, espasmos musculares, y más cosas que no recuerdo. Sumado a la piel cayéndose, claro.

La cosa no cambiaba, y yo lloraba y lloraba. Me tomé unas vacaciones con mis amigos unos meses más tarde, y empecé a notar mejoría.

    Continué teniendo sequedad en la zona labial,
    pero la mejoría era importante. Cabe destacar
    que el pelo azul no es un efecto adverso de
    la homeopatía, sino de una apuesta.


    Ya no tenía el cuello ni el pecho
    lleno de postillas. Mi sonrisa refleja
    mi estado de ánimo: Nunca me
    había visto mejor.

Hasta la fecha de hoy. Ha habido muchos, muchos cambios los cuales han influido muy positivamente en mí. Y sí, todo esto se debía al estrés. ¿Me curé con la homeopatía? Probablemente no. ¿Me curé con las restricciones que me ponía la propia farmacia homeopática para tomar esos productos? Probablemente sí. Pero en realidad no me he curado, esta enfermedad es crónica. Y sigo rascándome. Pero he conseguido, en lo personal, muchos objetivos buscados. Llegar a una situación profesional deseada, estar independizado con mi mejor amigo, vivir una relación de pareja sana... todo eso ha ayudado horrores.

Sigue habiendo eccemas, sigue habiendo miedos. A, por ejemplo, estar como estaba antes. Pero me lo tomo de otro modo, con más filosofía. Miro hacia atrás, veo el camino recorrido por mí o por alguna otra persona en una situación similar, y se ve todo desde otro prisma. No sé.

Puede que edite esta entrada, aunque estoy satisfecho con cómo ha quedado. Os ruego que, si me me leéis, me transmitáis vuestra más sincera opinión. Y espero que, lector o lectora, no te haya resultado muy desagradable. Es más, espero haberte ayudado en un momento difícil. No soy muy bueno ayudando a los demás, pero me gusta contar historias. Siempre crema hidratante en mano.

lunes, 21 de marzo de 2016

Entrada sin nombre.

Hoy es el día 22 de marzo de 2016.

No sé cuándo se leerá esto. No sé ni siquiera si alguien además de mí leerá esto, pero creo que necesita ser escrito. Sé que dije que no necesitaba soltarlo, pero tarde o temprano la verdad ha salido a la luz: yo necesito hablar sobre esto. Y sí, esta es una historia de amor. O de desamor, según se mire.

Si has leído otras entradas de mi blog, podrás comprobar que esta es una ampliación de una parte de cierta entrada, titulada "A todas ellas".

Esta historia se remonta al verano de 2011. Yo tenía unos tiernos 15 años y empezaban a aflorar en mí las ganas de conocer a gente nueva y salir los fines de semana. Siempre he sido un chico muy reservado, pero una vez me sentí integrado en un nuevo (y primer) grupo de amigos, las cosas fueron como la seda.

Yo estaba en el río. El río, para las personas de fuera de Sevilla, era un lugar en el que los jóvenes de nuestro estilo se reunían en esa época. Muchos lo consideraban una especie de "santuario", una completa gilipollez. El río no era más que un lugar para hacer botellón.

Y como iba diciendo, yo estaba en el río, cogiéndome una gorda con mis amigos y una botella de vodka, pues estaba en la edad de eso. Actualmente me arrepiento de haber empezado tan pronto de ese modo. Pero, ¿quién sabe? Puede que si no hubiese estado en esa situación, nunca estaría escribiendo esto. ¿Es eso bueno, o es malo? Nunca lo sabremos. El caso es que estaba riéndome mucho debido a la intoxicación etílica combinada con alguna chorrada que estaríamos comentando mis allegados y yo, cuando de repente, la vi.

Nunca he sido un chico que haya tenido una especial fijación en las relaciones sentimentales, a mí me gustaba más estar a mi rollo, sin que nadie me molestase. Pero cambié completamente de opinión cuando me fijé en ella. Era la chica más guapa que yo había visto hasta la fecha.

Podéis llamarlo como queráis: cantidad exagerada de alcohol en sangre, pérdida de sentido común momentánea, o simple descaro; pero decidí dejar atrás mis miedos. Un servidor siempre ha sido una persona muy callada, así que me costó mucho (dos milésimas de segundo en la realidad, una eternidad en mi mente) hacer lo que hice a continuación: me levanté y fui a hablar con ella.

El primer "¡Hola!" que pronuncié frente a ella y que siempre recordaré, salió completamente natural, a la vez que yo me arrepentía mil veces de haberme levantado cuando veía la expresión de extrañeza que su cara tomaba. Ella me contestó con un tímido "Hola", y una mueca de desaprobación. Mis siguientes palabras, para mi sorpresa, salieron de mis labios con una naturalidad mayor incluso que mi primer saludo: "¿Qué tal estás? Yo me llamo Luis, ¿y tú?".

A partir de este punto, su expresión facial se relajaba un poco, e incluso soy capaz de decir (arriesgándome mucho) que esbozó una sonrisa, seguramente percatándose del tan ridículo individuo que tenía frente a ella. Ella respondió "Istari".

(Es increíble que, después de tanto tiempo, siga dándome escalofríos el escribir su nombre).

Yo pensaba que estaba tomándome el pelo, diciéndome el primer nombre que se le había ocurrido o algo así. Ella me confirmó que ese era su verdadero nombre, mientras yo me daba cuenta de que aquella chica que tenía frente a mí era más preciosa aún de lo que había notado a primera vista. Su nombre, además, tenía una algo tan inusual que me atraía, y una musicalidad tal que, de repente, me parecía el nombre más perfecto del mundo. Y así es como, chicos, una persona se enamora a primera vista.

La conversación siguió de forma tan fantástica que yo mismo me sorprendí. Istari me dio su Tuenti (por aquel entonces la gente lo usaba de forma muy frecuente), y me di cuenta de que ella y yo teníamos el mismo segundo apellido, detalle que le comenté y compartimos unas risas. Llamadlo (de nuevo) cantidad exagerada de alcohol en sangre, pero eso me dio a pensar que ella y yo estábamos predestinados a conocernos. Cosas absolutamente ridícula, desde luego. Pero me encantaba pensar eso.

Istari y yo nos despedimos y acordamos en hablar por Tuenti esa misma noche. Tras eso, yo volví a sentarme con mi grupo de amigos, puedo asegurar, con la mayor sonrisa de imbécil del mundo. En ese momento me sentía en la cima del mundo por haber conocido a la chica más perfecta que existía. A partir de ahí, no recuerdo nada hasta que llegué a mi casa.

Cuando entré por la puerta, lo primero que hice fue dirigirme hacia mi habitación y encender el ordenador. No podía esperar a volver a hablar con Istari. Una vez le hube enviado mi petición de amistad, me hice algo de comer y esperé pacientemente. Para mi sorpresa, ella la había aceptado pocos minutos después de yo haberla enviado. Empezamos a hablar por el chat de Tuenti (comenzando por pedirle disculpas en el caso de que hubiese dicho algo comprometido, ya que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad; y yo en ese momento, era ambas cosas).

Hoy es el día 23 de marzo de 2016.

Tras unos minutos hablando, Istari me preguntó si me apetecía hablar por teléfono. En ese momento empecé a ponerme nervioso. Esa chica me encantaba, y estaba mostrando un interés por mí que yo no esperaba en absoluto. Era algo que no me había ocurrido nunca, y como es obvio, no quería tirarlo todo por la borda. Sin embargo, hice acopio de fuerza de voluntad, le pedí su número y la llamé enseguida.

Me sonrojé desde el momento en el que Istari descolgó el teléfono y preguntó "¿Luis?" con su preciosa voz. La llamada, plagada de sorprendentemente cómodos silencios, los cuales habría dado lo impensable por haberlos experimentado con ella en persona, duró once perfectos minutos. Tras esto, me fui a dormir con la misma sonrisa de idiota que llevaba teniendo todo el día.

Todo esto ha sido un prefacio que he querido compartir con vosotros. Se trata del inicio de nuestra historia, se trata del momento en el que me di cuenta de que iba a ser una persona realmente importante para mí. A pesar de esto, Istari y yo no hemos estado constantemente en contacto. Hemos tenido encuentros que se han sucedido por capricho del destino. Nuestra primer encuentro fue breve, pero necesario para conocernos, si bien no en profundidad, pero me sirvió para saber que ella no era una persona como las demás.

Recuerdo (ahora mismo, con una sonrisa en la cara), que acordamos encontrarnos en una quedada que se hacía en el Parque del Alamillo. Estuvimos pegándonos con espadas de mentira, de estas que usan los chavales para sus cosas de softcombat, y luego dimos un paseo de vuelta al río. Recuerdo, además, que me pidió que le prestara las gafas de sol que llevaba puestas. Eran unas gafas de sol tipo aviador con cristal de espejo, que aún sigo conservando con mucho cariño (y ella lo sabe).

Quedamos con unos amigos que casualmente estaban por esa zona. Istari se dio un baño en el río y me animó a acompañarla, pero le dije que no, muy a mi pesar, ya que era muy meticuloso con ese tipo de cosas. Fue un error no haber aceptado, pienso ahora. Allí estaba un buen amigo al que comenté mi situación con ella, y me dijo que si de verdad me gustaba esa chica, debía decírselo. Empecé a ponerme muy nervioso porque Istari empezaba a dirigir su mirada sospechosamente hacia nosotros; obviamente sabía que hablábamos de ella.

Y, finalmente, después de mucho pensarlo, le pedí a Istari que me acompañase un momento, porque tenía que hablar con ella. Y le dije lo que llevaba pensando de ella desde el primer momento en el cual la vi.

Queridos lectores, ¿conocéis estas películas, estas típicas americanadas que terminan con un sensacional beso entre el protagonista y su pareja? Bien, olvidadlo. El beso que vino a continuación fue el mejor beso que he tenido en toda mi vida. Fue el beso más sentido, el beso que más ansiaba. Lo recuerdo como si fuera ayer, y aun así, soy incapaz de describirlo más que diciendo, simplemente, "El mejor beso de la historia".

Como anécdota, olvidé pedirle las gafas que le presté, y se las quedó durante un buen período de tiempo. Esas gafas de sol viajaron con ella hasta Francia, según me cuenta, y es por eso que las guardo con tanto afecto.

Hoy es el día 24 de marzo de 2016.

A día de hoy no recuerdo bien qué sucedió, y ni siquiera sé si quiero recordarlo. Solo recuerdo que hice algo mal, algo de lo cual aún me arrepiento, sin saber si quiera qué causó que la chica que más quería y yo perdiésemos el contacto. Sin embargo, ella siempre ocupó un lugar muy importante para mí.

No soy capaz, al menos de momento, de situar nuestro segundo encuentro en el tiempo, muy probablemente porque fue algo bastante fugaz. Recuerdo que quedé con mi amigo Pablo para dar un paseo. Me comentó que sin no me importaba que viniese Cristina, una antigua amiga de nuestra ya pasada época de botellón en el río. Le dije que no había problema alguno, y Cristina dijo que vendría con otra amiga. Cuando vi a esa misteriosa amiga de pelo rubio, me dio un vuelco el corazón.

Sentí una increíble mezcla de sentimientos en aquel momento. Istari y yo nos saludamos y pasamos un día fantástico en compañía de nuestros amigos. Y de nuevo, por azares del destino, Istari y yo perdimos el contacto de nuevo.

El verano del año pasado, pedí el número de Istari a una amiga suya. Lleno de determinación, le mandé un mensaje por WhatsApp preguntándole si le apetecía que nos viésemos para dar un paseo y tomar algo. Ella respondió de muy buen grado, diciendo que le encantaba la idea. Me di cuenta de lo sencillo que es hacerme feliz. Pasamos un día fantástico; le presenté a mis amigos, nos pusimos al día y dimos un bonito paseo. Y al acompañarla al portal de su casa, Istari me dio ese beso que tantísimo llevaba esperando.

Quedamos un día más en este tercer encuentro. Aunque el día se desarrolló muy bien, acabó de manera nefasta. No quiero comentar la razón o razones, y mucho menos en un blog público. Quien lo tiene que saber, lo sabe. Y así fue como Istari y yo perdimos el contacto por tercera y última vez.

Esta es mi historia con Istari, nuestra historia. No, no sigo enamorado de ella. No, ya no me gusta de esa manera. Entonces, ¿se puede saber qué hago escribiéndola a lo largo de varias madrugadas? Quién sabe. Puede que para explicarme el por qué de esa vorágine de pensamientos cada vez que ella aparece en mi mente. Puede que para explicarme ese pequeño infarto que me da cada vez que veo a una chica rubia de espaldas en el Metro. Puede que para preguntarme por qué no sale de mi maldita cabeza.

Anotaciones finales: Cada palabra de este texto es completamente cierto, y lo recuerdo de forma muy vivaz. No es mi intención que ella lea esto, ya que esta entrada es simplemente una forma de ordenar las inconexas ideas que afloran en mi mente cada vez que la recuerdo. A las pocas personas que me lean, les pido que me den su más sincera opinión acerca de esta entrada, y de mis razones para redactarla. Para mí es muy importante.

Un saludo.

lunes, 25 de enero de 2016

Rehabilitación Vol. 1

Como algunas personas medianamente cercanas a mí sabrán, el día 23 estaba desarrollando la actividad de la conducción con completa normalidad, cuando un grupo de jóvenes promesas que se dirigía a dar un simposio sobre astrofísica ocasionó un accidente de tráfico múltiple. Me dieron bien fuerte y por detrás, como a mí me gusta.

Como buen macho vernáculo y legionario que soy, apagué el motor de forma muy relajada y me bajé de mi coche. Me dirigí hacia el vehículo que había provocado el accidente (el cual estaba completamente destrozado), saqué de allí al conductor al más puro estilo Grand Theft Auto y le di un guantazo con el dorso de la mano. Murió en el acto. Yo, por mi parte, rellené la hoja de parte amistoso con el resto de conductores y me fui a atender mis asuntos, de infinita importancia.

En el momento no lo sentí, pero unas horas después empecé a notar dolores en el cuello y la espalda, ocasionados por el latigazo cervical, o algo así me han dicho. Se habían confirmado mis peores miedos: yo estaba herido de gravedad. Al día siguiente fui a la dirección del joven que provocó el accidente y le pisé la cabeza, interrumpiendo el debate que estaba haciendo con sus amigos acerca del comportamiento de ciertas partículas sometidas a distintos tipos de energía. Luego fui al hospital.

Tras esperar la liviana cola de urgencias (la cual estaba conformada con el obligado gitano de turno acompañado de toda su puta familia en más de un 50%, puedo asegurar), me atendió el médico más inútil del siglo. El tipo insinuó que no podía hacer nada y que el dolor se me pasaría con el tiempo, así que lancé su escritorio por los aires ante su incrédula mirada y le amenacé con un bisturí. Tras entrar en razón, conseguí que me diera cita para entrar en rehabilitación, y volver a desarrollar mi vida de manera normal. Aún había esperanza.

Craso error.

Aquí iré narrando, día a día, mis experiencias en el centro de rehabilitación junto con algunas reflexiones que escribiré sobre la marcha. Disfrutad de mi sufrimiento.

Día 1: Nada más llegar, tardo 15 minutos en buscar al fisioterapeuta que se me ha asignado. Al encontrarlo, me dice que me siente en una silla y me coloca cerca de la espalda una lámpara de infrarrojos de esas que dan calorcito en los bares. Me han puesto también uno de estos archiconocidos aparatos de gimnasia pasiva de la teletienda. La espalda y el cuello me duelen como el doble. La cosa promete.

Día 2: Me han puesto a otro fisioterapeuta. Al parecer el anterior está de baja por depresión después de que yo le insultase para divertirme. Me han vuelto a poner la lamparita y lo de la teletienda, y me han dicho que mañana empiezan a darme masajes. No puedo esperar.

Día 3: Vuelvo a estar con la lamparita de los huevos. Empieza a oler a churruscadito. El fisioterapeuta me ha tumbado en una camilla y me ha dicho que iba a hacerme un masaje en el cuello. En cuanto ha empezado me he tirado un pedo muy sonoro y todos los presentes se han quedado callados y me han mirado mal, jajajajaja.

Día 4: Hoy me han puesto unos electrodos más gordos en la espalda. No me hacen nada, pero el brazo se me mueve solo y parezco el Langui, lo cual hace risa.

Día 5: Estoy hasta los cojones.

Día 6: He pasado un fin de semana de culo, me duelen hasta los putos párpados y me mareo cuando muevo el cuello. En rehabilitación me dicen que es normal. Vale.

*Salto algunos días para que la entrada se haga más amena*

Día 10: Ha vuelto el fisioterapeuta que estuvo de baja por depresión por mi culpa. Cuando he entrado me ha mirado mal, así que he estado escupiendo en el suelo cada vez que tenía mocos.

Día 11: Es el último día de mi rehabilitación. Mañana tengo que ir a ver al médico al que amenzacé con un bisturí para que me diga si ya estoy bien o si mi alma debe seguir siendo torturada. El fisioterapeuta me ha hecho crujir la espalda y el cuello y me ha dejado mucho peor. He preguntado en recepción si eso es denunciable y me ha mirado como si estuviese loco. Qué mierda de hospital.

Seguiré actualizando mi blog a medida que mi infierno personal se extienda. Ojalá me hubiese arrollado un autobús y me hubiese quedado ahí. Al menos no tendría que andarme con mierdas.

viernes, 15 de enero de 2016

Voy a ser millonario.

Hay veces que uno se plantea su existencia como una mera estancia en el mundo, sin dejar ninguna huella, ninguna diferencia en el supuesto caso de que uno nunca hubiera existido . Es decir, ser una pieza más (puede que no necesaria) del inmenso engranaje que es la humanidad.  Yo no me lo planteo, en absoluto, y mucho menos ahora. Y la razón es la siguiente.

Todo comenzó en una de estas perezosas tardes de banco y pipas con amigos en la que, sin venir a cuento, un amigo y yo decidimos empezar a jugar a Euromillones juntos, con una serie de números cuidadosamente elegidos. Una apuesta vale dos euros, y se juega los martes y los viernes. Así que pondríamos dos euros cada uno todas las semanas y nos dispondríamos a ello, para ver si la diosa de la fortuna nos sonreía en algún momento hasta el final de nuestros días. Lamentablemente, con el tiempo, fuimos dejando este bonito hábito, ya fuese por pereza o por desilusión ante la impotencia de que alguna entidad divina no nos ayudase en nuestro camino hasta la grandeza.

Sin embargo, hoy es el día en el que todo cambia.

Ayer decidí jugar a Euromillones. Bien fuera por nostalgia, bien porque me sentía con buena fortuna... Quién sabe. Sin embargo, tras hacer mi apuesta, salí a la calle con un fuerte presentimiento: "Me va a tocar el Euromillones".





No se trata de fardar de ello, ni mucho menos. Simplemente lo sé. Me va a tocar el bote del día de hoy, nada menos que 81 millones de euros. Y nadie va a poder hacer nada por evitarlo.

De modo que, con la seguridad de que hoy voy a convertirme en millonario, decidí planear algunas cosas. Quedé con un buen amigo para informarle de que nos va a tocar el bote del Euromillones, y empezamos a planear nuestra nueva vida, lejos de la rutina a la que estamos acostumbrados. Comenzamos por mirar casas de lujo en Internet, en la que viviríamos él y yo, y calculamos todos los gastos.



¿Te gusta? Esa es la casa que vamos a comprar hoy mismo. Está situada en la Urbanización Somosaguas en Pozuelo de Alarcón, Madrid, y está valorada en 12 millones y medio de euros. La casa tiene piscina, pero como seguramente sea demasiado pequeña, la agrandaremos y haremos otra cubierta al lado. La piscina cubierta tendrá una zona a media altura para sentarnos tranquilamente con nuestra copa. Está todo pensado.



Esta es la entrada de mi futura casa. Es de mis partes favoritas de ella aunque debe ser reformada. Una de mis primeras decisiones ha sido quitar esa estatua de mierda y poner una mía a tamaño real, totalmente desnudo, sosteniendo una lanza. Esto tiene dos utilidades: La primera es subirme la moral cada vez que entre en mi palacio, y la segunda es asegurarme de que ningún testigo de Jehová se acerque a mis terrenos.



Este es mi salón. Quiero cambiar algo la decoración, pero la estética base me gusta mucho. El centro de mesa será una cubitera para meter la cerveza, y cada habitación tendrá 3 ceniceros colocados estratégicamente para que ninguno de mis invitados tenga que moverse de la posición óptima en los sillones. Además, la casa tiene la friolera de 11 baños. ¿Para qué quiero tantos? Está hecho para utilizar uno cada día de la semana y que me sobren unos cuantos, para algún ocasional apretón.


Hay cosas en esta vida que hay que saber. Y una de las indispensables es que si no tienes un garaje así, no vales una mierda. Además del hecho de que cualquier color de coche queda bien en él, tanto las líneas como las paredes y el suelo, y las propias columnas, tienen luz. De ese modo podré aparcar mi Porsche con mayor facilidad. Ya me imagino enseñando mi colección de Mustang a Bill Gates mientras este se pone verde de envidia...

Hablemos claro. ¿Me hace mejor que tú poseer todo esto? Sí. A partir de esta noche, mi vida va a ser mucho mejor que la tuya. Es un hecho empírico. Sin embargo no pienso quedarme ahí, no señor. Estuve haciendo cuentas con mi amigo para saber cuánto dinero gastaremos en primera instancia para satisfacer nuestras necesidades. Entre la casa y su mantenimiento, el viaje al mundo que daremos mientras se reforma la casa, los vehículos, las apuestas en Las Vegas (nos hemos puesto un tope de un millón), los barcos que hemos mirado y regalos a nuestras familias, nos sobrarían unos 55 millones de euros. Es decir, que podríamos comprar todos estos caprichos dos veces más.

Para no pecar de avariciosos, ingresaremos esta cantidad en el Banque Baring Brothers Strudza de Ginebra. Contando con que lo ingresemos a plazo fijo a un 8%, por ejemplo, tendríamos unos beneficios de más de 4 millones de euros al año. Nada mal.

Tengo que seguir dejando cosas arregladas para cuando llegue el momento, pero quería escribir esta entrada informativa para todos vosotros.

No puedo esperar a estar en mi nueva casa.

martes, 15 de septiembre de 2015

Mi primer día de clase.

¿Sabéis esa sensación que tiene prácticamente todo el mundo sobre estas fechas? ¿Ese sentimiento que te produce impotencia y estrés? No, esto no es un anuncio de pastillas contra los gases. Me vengo a referir a esa vocecita que te dice "no has aprovechado bien el verano", "podrías haber hecho más cosas en tus vacaciones", e infinitos enunciados más de esa calaña. Bien, pues parece que ese cáncer anual que se repite como la peor de las rutinas me ha golpeado este año más violentamente que de costumbre.

Resulta que las vacaciones han acabado para mí. Sabía muy bien que este momento llegaría, y aún no me lo puedo creer. Este verano no he hecho absolutamente NADA de provecho. No, no exagero. No exagero una mierda.
















Esto es, a grandes rasgos, lo que
he hecho este verano. Definitivamente
nada. Vacío cósmico.


Lo que nos lleva a lo siguiente. Si crees que ha supuesto un cambio en mi vida haberte conocido en este verano, solo te engañas a ti mismo o a ti misma y tu coeficiente intelectual es decididamente bajo. El verano de 2015 y todo su contenido es una mezcla de pus, mierda y sangre menstrual fermentada.

Aclarado este punto, mis allegados sabrán que hoy he tenido mi primer día de clase, y esto es lo que vengo a narrar hoy. Lo que sucede es que me toca empezar de cero en un instituto nuevo, con compañeros nuevos y profesores nuevos.

Cuidado. No digo eso por mi falta de confianza,
la cual me viene importando un cipote. El caso 
es que no me gusta socializar. Mi vida sería
mucho mejor si viviera enclaustrado en mi habitación,
alimentándome de lo que necesitara, sin nadie
molestándome. He tenido sueños eróticos así.


Y así es como empezamos la crónica. Como no sabía la hora a la que tenía que llegar hoy al instituto para la presentación, ya que los chupatintas administrativos no se han molestado en informar a los alumnos ni siquiera con un correo electrónico (con lo chapados a la antigua que están, pensarán que cuesta dinero) decidí llegar a una hora prudente para ahorrarme dolores de cabeza.

Me presenté allí a las 8:45, y tal fue mi sorpresa cuando vi el instituto casi vacío. Llamé a la puerta de la secretaría, y como a las dos horas se asomó una señora con cara y voz de urraca, a la que pregunté amablemente a qué hora era mi presentación.

La secretaria, poniéndome mala cara, me informó de que mi presentación era a las 13:00.

Llegué 4 horas y 15 minutos antes.

Aunque sé que no era culpa de la señora secretaria, aquello me enfadó tanto que le di un puñetazo en la mandíbula, la arrastré por toda la acera cogiéndola del pelo y luego la dejé en un kebab cercano. Decidí volver a mi casa, para luego coger el Metro una vez más y volver a la hora indicada. El curso prometía.

Tras un buen rato de tirarme en la cama a escuchar música y no hacer nada más (paso así la mayor parte del tiempo) volví a salir al instituto. Llegué a mi clase e identifiqué rápidamente a los que serían mis compañeros de clase. Ya sabía quién era el que estudiaba mucho, el que no estudiaba nada, el gracioso, aquel al que le pediría los apuntes, aquel que me pediría los apuntes... Mi tutor es un caballero muy formal, el cual creo que será el único con el que me lleve bien.

¿Y qué podíamos esperarnos de un grado superior de informática, sino que no haya NINGUNA CHICA?

Ninguna chica, por el amor de dios. Entras a clase y vas pisando nabos por el camino. Menuda decepción. Esto, sumado a mi absolutamente nula capacidad de hacer amigos, vaticina un curso lleno de emociones.

Me cago en dios. No me toquéis.

lunes, 17 de agosto de 2015

Vorágine mental de las 6:38.

A veces mis amigos (las personas que aguantan diariamente el cruel yugo que supone estar cerca de mí) me preguntan las cosas más extrañas:

Oye Luis, si en algún momento te llegaras a suicidar, ¿cómo sería tu carta de suicidio? ¿Qué escribirías para mencionar tus últimas palabras?”

Esto me dejó pensando.
Así que después de mucho reflexionar, escribí una carta de suicidio. No tengo previsto abrirme la puta tapa de los sesos, pero creo que será una buena "copia de seguridad" tener esta misiva guardada en algún lado ‘pa un por si’. No vaya a ser que, depresión de por medio, tenga, además, que sentarme a escribir algo...
Como buen macho vernáculo y cavernario que soy, y muy lejos de esos cretinos inmaduros que se afeitan con espuma, para mí, que uso navaja, azufre y vinagre, es menester estar preparado. No me voy a ir de este mundo sin algo que decir.


CARTA DE SUICIDIO:

"Hola Dios, payaso hijo de puta. Sobra decir que la palabra payaso no es más que un muy humilde diminutivo ante tu vasta “magnificencia”, porque todo sea dicho, tú eres peor que Pennywise (el payaso de It, si no lo conoces eres comunista). Lo que voy a escribir lo quiero dejar por sentado en caso de que no existas; no vaya a ser que al pegarme el tiro (o lo que sea) simplemente me desvanezca, y al final resulte que yo no soy más que un pedazo de carne con conciencia. Menuda decepción."


¿Sabes? No me gusta como ha empezado la carta. Permíteme:

"Hola, Dios, querido súcubo cósmico, grandísimo hijo de puta, puta que fue el vientre de la creación en la que, maldita la hora, decidió darte cabida en este Universo, padre de Jesús, Rey de los Pederastas del siglo XXI, salvador de inquisidores, legionarios, nazis, comunistas, musulmanes radicales y avalador de un mundo tercermundista. Eres el Dios de un mundo del tercer mundo. Redundancia redundante. ¿Qué se siente tener que sentarse al lado de los otros dioses, que apadrinan civilizaciones mucho mejores que esta mierda? Supongo que igual que yo cuando veo a alguien que tiene un ordenador bastante mejor que el mío. Puede que lo que nos asemeje es que ambos somos unos técnicos de mierda, pero a veces no puedo dejar de verte como a un puto ignorante al que no le importa que el ordenador esté lleno de gusanos. Seguramente eres la versión en Dios de un niño rata. Eres lo peor.


Te diviertes bastante ¿verdad? Durante diecinueve años fui tu soldadito de plástico. Sí, fui afortunado en muchas cosas; como que, por ejemplo, no me ha entrado cáncer (todavía), pero diste por culo. Vaya si diste por culo. Hiciste el equivalente a matarte a pajas justo antes de sentarte a la mesa a comer, dar problemas y, en muchas situaciones, hacerme la vida imposible. ¿Suerte? Tú no me diste suerte, cosa que en cualquier otro momento me haría encoger de hombros y decir “c’est la vie”, de no ser porque lo que sí me diste (y en abundancia) fue mala suerte. De hecho, creo que tú no das por culo, tú maldices. Eres como un profesor de teatro que decide a quién le toca hacer los mejores papeles y a quién le toca ser el que se viste de árbol. 

Y en el caso de que yo esté equivocado y resulta que tú no intervienes en este mundo por aquello del libre albedrío, de la independencia o qué se yo, por lo menos ya sé algo: te gusta ser un cabrón. Para todos los necesitados eres como yo cuando me da palo responder un WhatsApp...
De todos modos, es más que posible que esté discutiendo solo. ¿Quién sabe si existes? Realmente, convendría que existieras. Pero la verdad, es improbable. No hay bien en el Universo, todo es caos. Es jodido, y todo es por tu culpa...


¿Sabes qué? Aunque no existas, vete a la mierda. ¿Me escuchas, cosmos? Quienquiera que esté ahí: hijo de puta.

Y muchas gracias por no darme nunca un Audi blanco, porque, si fueras Dios, deberías saber que me gusta el negro.

lunes, 27 de julio de 2015

Encuentros puntuales.

Estamos a día 27 de julio del año 2015, y hoy me ha pasado algo que creo que debo compartir con todos vosotros. 

Actualmente estoy yendo a una autoescuela para sacarme el permiso de conducir y pasarle los testículos por la cara a mi padre, que no quería que me lo sacase antes de los 20 años. Estaba saliendo de la autovía para llegar al centro de Sevilla, cuando veo a unos 15 metros un paso de peatones (en el que yo tenía prioridad por un semáforo en verde) por el que pasaba tranquilamente una mujer de unos 30 años con complexión de puta mierda, y una pinta de haberse metido toda la heroína que hay en Europa del Este. 

Mientras pitaba y pisaba el freno, este humilde narrador sacaba la cabeza por la ventanilla para "cagarse en los putos muertos de la yonki de mierda que va tan puesta que no es capaz de ver el puto muñequito rojo del semáforo de los cojones". Creo que nunca he soltado tantos improperios en tan poco tiempo. Algo dentro de mí me hizo sentirme orgulloso de mí mismo, y sentirme parte de ese gran grupo de conductores que explotan a la mínima. 

Lo interesante vino cuando la patana coge y me levanta el brazo mientras me grita y sigue andando. Entonces pisé el acelerador cuando supe que podía pasar sin atropellarla, y cuando la tuve a mi lado, grité "casi le hago un favor a tus padres, hija de puta". Aceleré y me fui. 

Creo que voy a relajarme un poco, no está bien decir tantas cosas feas. Eso sí, espero que no volvamos a cruzarnos con ella. Mi profesor de autoescuela, en el asiento del copiloto, estaba gritándole incluso más que yo. Miedo me da.