lunes, 17 de agosto de 2015

Vorágine mental de las 6:38.

A veces mis amigos (las personas que aguantan diariamente el cruel yugo que supone estar cerca de mí) me preguntan las cosas más extrañas:

Oye Luis, si en algún momento te llegaras a suicidar, ¿cómo sería tu carta de suicidio? ¿Qué escribirías para mencionar tus últimas palabras?”

Esto me dejó pensando.
Así que después de mucho reflexionar, escribí una carta de suicidio. No tengo previsto abrirme la puta tapa de los sesos, pero creo que será una buena "copia de seguridad" tener esta misiva guardada en algún lado ‘pa un por si’. No vaya a ser que, depresión de por medio, tenga, además, que sentarme a escribir algo...
Como buen macho vernáculo y cavernario que soy, y muy lejos de esos cretinos inmaduros que se afeitan con espuma, para mí, que uso navaja, azufre y vinagre, es menester estar preparado. No me voy a ir de este mundo sin algo que decir.


CARTA DE SUICIDIO:

"Hola Dios, payaso hijo de puta. Sobra decir que la palabra payaso no es más que un muy humilde diminutivo ante tu vasta “magnificencia”, porque todo sea dicho, tú eres peor que Pennywise (el payaso de It, si no lo conoces eres comunista). Lo que voy a escribir lo quiero dejar por sentado en caso de que no existas; no vaya a ser que al pegarme el tiro (o lo que sea) simplemente me desvanezca, y al final resulte que yo no soy más que un pedazo de carne con conciencia. Menuda decepción."


¿Sabes? No me gusta como ha empezado la carta. Permíteme:

"Hola, Dios, querido súcubo cósmico, grandísimo hijo de puta, puta que fue el vientre de la creación en la que, maldita la hora, decidió darte cabida en este Universo, padre de Jesús, Rey de los Pederastas del siglo XXI, salvador de inquisidores, legionarios, nazis, comunistas, musulmanes radicales y avalador de un mundo tercermundista. Eres el Dios de un mundo del tercer mundo. Redundancia redundante. ¿Qué se siente tener que sentarse al lado de los otros dioses, que apadrinan civilizaciones mucho mejores que esta mierda? Supongo que igual que yo cuando veo a alguien que tiene un ordenador bastante mejor que el mío. Puede que lo que nos asemeje es que ambos somos unos técnicos de mierda, pero a veces no puedo dejar de verte como a un puto ignorante al que no le importa que el ordenador esté lleno de gusanos. Seguramente eres la versión en Dios de un niño rata. Eres lo peor.


Te diviertes bastante ¿verdad? Durante diecinueve años fui tu soldadito de plástico. Sí, fui afortunado en muchas cosas; como que, por ejemplo, no me ha entrado cáncer (todavía), pero diste por culo. Vaya si diste por culo. Hiciste el equivalente a matarte a pajas justo antes de sentarte a la mesa a comer, dar problemas y, en muchas situaciones, hacerme la vida imposible. ¿Suerte? Tú no me diste suerte, cosa que en cualquier otro momento me haría encoger de hombros y decir “c’est la vie”, de no ser porque lo que sí me diste (y en abundancia) fue mala suerte. De hecho, creo que tú no das por culo, tú maldices. Eres como un profesor de teatro que decide a quién le toca hacer los mejores papeles y a quién le toca ser el que se viste de árbol. 

Y en el caso de que yo esté equivocado y resulta que tú no intervienes en este mundo por aquello del libre albedrío, de la independencia o qué se yo, por lo menos ya sé algo: te gusta ser un cabrón. Para todos los necesitados eres como yo cuando me da palo responder un WhatsApp...
De todos modos, es más que posible que esté discutiendo solo. ¿Quién sabe si existes? Realmente, convendría que existieras. Pero la verdad, es improbable. No hay bien en el Universo, todo es caos. Es jodido, y todo es por tu culpa...


¿Sabes qué? Aunque no existas, vete a la mierda. ¿Me escuchas, cosmos? Quienquiera que esté ahí: hijo de puta.

Y muchas gracias por no darme nunca un Audi blanco, porque, si fueras Dios, deberías saber que me gusta el negro.