martes, 31 de diciembre de 2013

Ding, dong.

«Podía volver a la cárcel.»

¿La cárcel? Muy poco me importaba la cárcel. En ese momento solo me importaba que El Cliente estaba condenado. Condenado por mí. Ah, tanto tiempo planeando un golpe así, y ya estaba casi hecho. No sabía si sentir euforia o rabia. O euforia y rabia. Solo seguí pensando. Seguí pensando en que faltaba muy poco. Solo faltaba que McKarras hiciese el trabajo, de hecho. Pero maldita la hora en la que se me ocurrió pensar aún más. "Y después, ¿qué?", pensé en voz alta. Tenía razón. ¿Qué haría después de que El Cliente fuese asesinado? ¿Más ansia de venganza? ¿Ir matándolos uno detrás de otro? McKarras podría, pero yo no. Maldita sea. ¿Cómo podía haberse torcido todo en un momento?


Me levanté y me dirigí a la mesa. No en vano, pues ya sabía lo que estaba buscando. Cogí la edición de El Guardián entre el Centeno. ¿Qué cosas podría pensar ella sobre mí?

Tomé mi teléfono móvil, y busqué la letra "M". "Llamar". Fue una conversación algo extraña, pero me imagino que sabrán de qué trató. Acabé diciendo "Oye, no vayas a juzgarme por lo que ocurra. Por favor". Decirle eso a una Juez. Todo un genio el narrador de este relato, ¿eh?
Me repetí la misma pregunta. ¿Qué podría pensar ella de mí? ¿Quería yo de verdad hacer esto? Yo quería otra cosa hace mucho tiempo. Y lo tenía... Y estaba seguro de que quería volver a tenerlo. Aunque la idea de la venganza era muy tentadora. Pero ya era tarde, porque iba a jugármelo todo a una misma moneda. Así que me lancé hacia el ordenador como nunca antes y abrí conversación con McKarras. Hace unos días pensé "No hay vuelta atrás". Pero, ¿y si sí que la había?

-No.-Escribí.


-¿No, qué?


-No lo hagas, que viva.-Calló. Imagino que o estaba estupefacta o había tirado el ordenador por la ventana por no tirarme a mí.


-Donnie nunca falla.-Recordé esa corta llamada con El Cliente. Llamada que, obviamente nunca hubiese podido realizarse si "Donnie" hubiese hecho su trabajo.


-Donnie no puede fallar si no lo ha intentado.-Fue de las respuestas más "Zas, en toda la boca" que he dado jamás. De hecho, sonó esa frase en mi cabeza. Ah, Ber, pero qué imbécil eres.


La conversación se cerró, señal de que McKarras había abandonado la misma. ¿Lo haría al final? Quién sabía. Pero, oh, ahora sí que no había vuelta atrás. En ese momento, quería hacer muchas cosas. Pero lo primero era ir a la cocina y preparar un buen café.


Volví a la "sala" y pensé en lo que haría. Lo primero fue entrar en el ordenador y formatearlo completamente. Dejarlo de fábrica. El trabajo de muchos años, perdido; pero nada importaba ya. Cogí una mochila. Metí dentro un par de camisas, ropa interior limpia y unos vaqueros. En un bolsillo aparte, El Guardián entre el Centeno. Pedí un taxi hacia la estación de Santa Justa, y compré un billete de tren para que me llevara 500 kilómetros al noreste. Ida y vuelta. Al fin y al cabo, no sabía lo que iba a ocurrir. El viaje se me hizo eterno. Cuando bajé de ese ruinoso medio en el que iban todos apretados con la misma organización que en una lata de sardinas, me dirigí hacia un bloque de pisos que no había muy lejos de la Puerta del Sol. Fui andando. Aún recordaba el camino debido a todos los paseos que habíamos dado. Mientras, saqué el billete de vuelta de mi bolsillo trasero, y lo rompí lentamente en mil pedazos.


La puerta de afuera estaba abierta. Recordé que había un chaval que atrancaba la puerta para poder entrar y salir cuando él quisiese. Pensé en M, y eso me recordó que, aparte de que le caía muy mal ese chiquillo, eran nada más y nada menos que trece pisos. Así que no iba a perder el tiempo pensando, y empecé a subir escalones tranquilamente. Cuando hube llegado, me encontré a mí mismo frente al umbral, con una mochila, una camisa blanca y unos vaqueros. Sin saber si estaría en casa, si querría verme. Conteniendo la respiración, llamé a la puerta con la mano. Nuestro timbre era de los que hacían un "ding" cuando lo pulsas, y un "dong" cuando lo sueltas. No le gustaban nada esos timbres.


Tardé en abrir, pero abrió. Se quedo estupefacta, pero sé que se alegró de verme. Un poco, al menos. Llevaba una camisa blanca.


-Has venido.-Dijo, con voz entrecortada, esbozando una media sonrisa.


-He volvido.-Solté, con cara de estúpido. Solíamos decir esas cosas.-Creo te olvidaste esto cuando viniste.-Dije mientras sacaba El Guardián entre el Centeno de mi mochila.


"Ese libro es tuyo", me dijo. Yo reí un poco, porque sabía que eso no era cierto. Negué con una sonrisa, y dije "Este libro es nuestro".

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