domingo, 17 de noviembre de 2013

El Cliente.

«Aquello me estaba matando.»
Aún no había salido el sol. Miré hacia mi muñeca, donde estaba ese desgastado y clásico reloj digital Casio, que guardaba desde hacía ya siete años. Marcaba las 8:00am. Lo compré en Prado de San Sebastián la mañana antes de ese juicio; supongo que para que me diera suerte. "Suerte", dije con un suspiro. Ese reloj no hizo más que traerme problemas. Puede que no fuera así, y la culpa fuese mía. Puede que fuera una señal para deshacerme de aquel maldito reloj. Pero como les iba diciendo, el reloj marcaba las 8:00am.
Y ahí volvía a estar yo. En Prado de San Sebastián. Pero esta vez estaba frente a los Juzgados de Prado de San Sebastián. Siete años después. Un escalofrío no dejaba de recorrerme la médula espinal cuando miraba al umbral de las oficinas centrales del Juzgado. Volví a mirar, y allí estaba a quien esperaba. El Cliente. Me dirigí hacia él. Llevaba su ya característico pelo al cepillo. "Qué ironía", pensé. Encontrarme con él en Prado de "San Sebastián".

-Ha pasado mucho tiempo.-Me dijo. Su voz me trajo unos recuerdos terribles.-Sigues igual.-Seguía conservando su acento del norte.
-¿De estropeado, dices?-Dije con una amarga voz, mientras esbozaba la sonrisa más falsa de la historia.
-Esto debe volver a ser lo de antes. Sé que no soy el único que lo piensa.-Recordé la visita del Dragón. Pensé en mentirle, pero algo me lo impidió.
-No eres el único que quiere.-Dije después de carraspear. Miré a sus ojos del mismo color.-Pero hay personas a las que no les atrae la idea. Mejor dicho, gente.
-¿Quién?-Él ya lo sabía, pero lo dijo para escucharlo de mi boca.
-Adivina.
-Tú no eres gente, Ber.
-No. Me. Llames. Ber.-Tosí.-Nunca más. Ahora sí soy gente.
Yo sólo quería desaparecer. Hubo una pausa.
-Eres un pirata informático. Sabías a lo que te enfrentabas.-Con esto, tenía toda la razón del mundo. Levanté la cabeza.
-Sí que lo sabía, sí. Me lo esperaba. Pero no esperaba que os comportáseis así.-Aquello le sentó como una patada en el estómago.-Pero no te imaginas lo que más me jodió.
-Sí que me lo imagino. Es más, lo sé.-El Cliente esbozó una irónica sonrisa.
-Lo que más me jodió-Continué, como ignorándole.-fue el hecho de que fuese ella la que me juzgó. Estuvimos todos en ese juicio, ¿recuerdas? Bueno, no. No todos.
Sabía perfectamente quién faltó. No sabía que pensar. Tenía muchas cosas en la cabeza.
-Cada vez soy más capullo.-Dije, a la par con mi mente.
-Lo eres.-Dijo El Cliente, con una sonrisa. De repente, me invadió un extraño optimismo.
Hubo una pausa aún más larga.
-¿Quieres venir a tomar un café?-El muy cretino no había olvidado mi pseudoadicción al café.
-Sí.-Respondí, al fin, con un suspiro. A día de hoy, no sé porqué narices acepté.

Estuvimos hablando del Dragón, de La Juez, y de qué había sido de nuestras vidas. Sentí un raro afecto que se repitió tras bastante tiempo.
Nunca me sentí tan miserable. Supongo que la gente miserable no deja de culpar a los demás para sentirse mejor con ellos mismos.
Personas. Gente. Ahora yo era uno más de este último grupo al que, desde que tengo uso de razón, sigo despreciando.

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