«¿En qué carajo me estaba convirtiendo?»
Después de aquella llamada, me sentí fenomenal, y eso es algo que, por aquel entonces, yo podía pensar muy pocas veces. "M". Siete años. Me levanté del sofá algo mareado, y encendí de nuevo el ordenador. Pero no lo hice para continuar lo que seguía haciendo siempre, ni mucho menos. No lo encendí para reventar ninguna contraseña, ni para tirar ningún servidor, ni nada por el estilo. Al principio, todos nosotros éramos uno. La Juez, El Cliente, El Dragón... Pero la cosa se complicó. Y en cuanto empecé a notarlo, hice algo por lo que, seguramente, ustedes me tacharán de una persona horrible. Pero, ¿de veras creen que a esta altura me importaba lo que la gente pensara de mí? Lo que hice fue empezar a recopilar información sobre todos ellos. Como comprenderán, esto era extremadamente sencillo para mí, y más aún en la época que corría. Una época en lo que la información lo controlaba todo. Incluso diseñé un programa informático muy sencillo para organizar la información personal de todos aquellos cretinos. Estaba ordenada por personas, por intereses, por aficiones ocultas... Era un jodido enfermo de la información.
Figuraban bastantes nombres en esa lista. Seudónimos, más bien. Y todos ellos me traían recuerdos, y más recuerdos. Ni buenos ni malos. Recuerdos. Pasando páginas abajo, todas ellas repletas de información (bastante inútiles para mí, debo reconocer), me fijé en algo que me sorprendió muchísimo. Había un título escrito en aquel archivo, que aludía a otra persona de las cuales recopilaba información. "La Amarilla". No se imaginan la de cosas que me pasaron por la cabeza al leer esas diez letras. Hacía muchísimo que no oía hablar de ella. Adivinen. Exacto, siete años. Siete malditos años. Ese juicio me perseguía allá donde iba.
La Amarilla era una muy buena amiga mía. Tanto es así que fue la única que no me acusó en aquel juicio. Ella sólo estaba de oyente. Desde luego, ella no podía decir nada, ni a favor ni en mi contra. Pero estoy seguro que, de haber podido, La Amarilla habría intentado aumentar mi condena. Puede que de ser así, ahora seguiría entre rejas. Pero no tenía ninguna forma de demostrarlo, así que no podía tener nada contra ella. Era una buena chica. Con los dedos cruzados mentalmente, encendí mi teléfono móvil. "¿Dos llamadas telefónicas en un día?" pensé. "Me acabarán pillando". Y reí. Apaqué el ordenador, y abrí la agenda del maldito teléfono. Allí estaba. En el primer lugar de la agenda, como el orden alfabético estándar dictaba. "A". Esta vez no me lo pensé. Si me tenían que pillar, que me pillasen.
Después de unos veinte segundos de dar el tono de llamada, saltó el buzón de voz. Y más que bajarme la moral, he de reconocer que aquello me acojonó bastante. La última llamada telefónica que hice antes del juicio, fue por un asunto de "trabajo". Y efectivamente, saltó el buzón de voz. Apagué el teléfono móvil con algo de miedo en el cuerpo. Me pareció ver un resplandor rojo por el rabillo del ojo, pero no eché cuenta. La heterocromía me jodía mucho los ojos. Justo entonces, alguien tocó la puerta. Ese "toc, toc, toc" fue la guinda del pastel para que yo acabara de acojonarme, y tirara lo que quedaba de cerveza al suelo, del bote que di. Suena absurdo, pero no lo era. Podía ser cualquier persona, o peor, cualquier grupo de personas. Podía tratarse de la policía, podía tratarse de un maldito vendedor de aspiradoras, o mucho peor. Podría ser McKarras. Ella podría saber perfectamente dónde vivía. No me gusta fiarme de los asesinos a sueldo, no sé. Es una manía que tengo. Cuando volví a escuchar que llamaban a la puerta con la misma poca intensidad, me relajé un poco, pero seguía con los nervios a flor de piel. Pensé en La Juez. Dije "al carajo". Me levanté, y abrí la puerta con decisión. Una chica con pelo rubio, castaño por algunas zonas, apareció ante mí. Vestía una camiseta de Arctic Monkeys, una chupa de cuero, y unos vaqueros. Sus ojos, de un intenso azul, y su pañuelo en la cabeza, me revelaron su identidad. Pero yo no podía acabar de creerlo.
-¡Sabes que estoy sin teléfono móvil, estúpido!-Dijo ella con mucho optimismo, y entrando en mi casa tranquilamente, como si de la suya se tratase.
-¿Tú? ¿Qué narices haces aquí? Oye, que puedes pasar, ¿eh? ¡Como si estuvieses en tu casa, desde luego! Y, ¿cómo coño sabes que te he llamad...?
-Tienes esto hecho una mierda, chico.-Me cortó.-Aunque poco más se podía esperar de un informático, ¿no?-Dijo, divertida. Yo no sabía qué pensar.
-Yo también me alegro de verte. Toma asiento, tranquila.-Dije inmediatamente al ver cómo se acomodaba libremente en mi sillón.-¿Cómo has sabido dónde vivo? Dónde malvivo, más bien.
-Ah, pero si me lo dijiste tú mismo. ¿No te acuerdas?
La verdad es que no me acordaba-No, no me acuerdo. Pero no importa. Me alegra verte, supongo. ¿Una cerveza?-Ya que ella había entrado con tanta confianza, me tomé la libertad de tener la misma. Era mi maldita casa, al fin y al cabo.
-Sí, por favor.-De repente, pareció como si la invadiese un sentimiento de tristeza y culpa. Puede que fuera impresión mía.
Fui a la nevera y cogí dos cervezas de las seis que quedaban. Le ofrecí una, y me senté en la incómoda silla que estaba delante del ordenador.
-¿Qué te trae por aquí?- Dijo ella. No había acabado de entender aquella pregunta.
-Vivo aquí. Has venido tú.-Argumenté, con aire de indiferencia.
-Ah, claro. Bueno, pues ¿cómo estás?
-Estoy. Has pasado mucho tiempo.-Bebí.-¿Cómo estás tú?
-Ya sabes, de un lado para otro. Últimamente no paro. Es lo que tiene el trabajo.-Dijo, con un suspiro de cansancio, y bebió.
-¿De qué trabajas?-Lo dije muy tranquilamente, pero la verdad es que me tenía intrigado. No recordaba que ella trabajara en nada.
-No tiene importancia. Pero la cosa es que trabajo con unos verdaderos cretinos. No querrías verlos ni en pintura. De verdad. Ah, ¿El Guardián entre el Centeno?-Había visto el libro que aún estaba encima de la mesa grande de caoba. Hizo además de levantarse y hojearlo.
-No toques ese libro.-Dijo bruscamente.-Por favor.
-¿Pasa algo, Ber?-Parecía que todos se ponían de acuerdo en llamarme así. Opté por no decir nada al respecto.
-No. No pasa nada. Una cosilla. No es por nada, pero, ¿habías venido por algo en especial? No es que me molestes, ni nada, pero...
En ese momento, miró muy rápido hacia su reloj de pulsera, y me callé.
-Se me ha hecho tardísimo, debería irme ya.-Dijo, como muy nerviosa.
-Pero si acabas de...
Bebió lo que quedaba en la lata de cerveza, y se marchó con un "Hasta pronto". La vi salir de forma apresurada, pero me dio tiempo a fijarme en algo. Ella no llevaba ningún reloj de pulsera.
No entendía nada de aquello. Y lo peor es que yo estaba cada vez más paranoico. Después de siete años, ¿por qué toda esa gente? O personas, más bien. Ni lo sabía ya. ¿Por qué todo tan de repente? Me quedé en la silla, acabándome la cerveza y pensando en todo aquello. En las visitas, la llamada a La Juez, todas las conversaciones... Yo no entendía nada. Al fin y al cabo, yo no servía para mucho. No servía para entender muchas de las cosas que pasaban en la vida real. Sólo servía para cuestiones digitales que traían de cabeza a muchos, y que para mí, estaban a un simple toque de tecla. Todo fuera de la más estricta legalidad, claro está.
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