Seis y veinte de la tarde. Salón oscuro, ambiente recargado y tétrico. Las bombillas apagadas, las persianas cerradas, y unos haces de luz dorada por sus huecos entraban. Distinguíase un papel pintado con un aspecto horrible, parece que elegido a conciencia para que no casase con el color de las cortinas, de un intenso púrpura. Absurdamente deprimente. La decoración de la casa debía tener, como mínimo, el triple de edad que la única silueta presente. Allí estaba yo, ocupando un asiento en aquella lúgubre habitación. Llevaba mi deteriorada camiseta de Nirvana, y unos vaqueros. De aspecto juvenil, pero algo estropeado, cualquiera diría que por la influencia de aquel lugar. Llaman a la puerta. Con aire cansado, se levanta, y se dirige a abrir la puerta. El Dragón. Si hubiese sabido que era él, preferiría estar muerto. No tuve más remedio que invitarle a pasar. "Toma asiento", dije con voz ronca, y seguidamente me aclaré la garganta. Acerqué una segunda silla a la desgastada mesa de ébano, y nos sentamos. Allí me quedé, observándole. Con su ya crecida melena, su estúpida camiseta Targaryen, y sus ojos del mismo color. Su expresión facial permanecía impasible, aunque reflejaba inquietud.
-¿Y ahora?-Dije yo, por fin.-¿Por qué ahora?
-Porque es imprescindible.-Dijo con su voz de toda la vida. Llevaba sin escucharle unos siete años, y tenía la misma voz.
-Me jodiste. Mucho. ¿Por qué iba a ceder yo ahora?
-No te enteras de nada. Era un juicio muy importante. Era mi cliente.
Suspiré. Aquello me hizo pensar.
-Ya veo. Entonces todo fue un asunto de dinero, ¿eh? La gente hace cosas horribles a sus amigos por culpa del maldito dinero.
El Dragón se levantó un poco de la silla, y me miró de forma amenazante.
-Eres un gilipollas.-Dijo, masticando mucho las palabras.
Reí. Aquello me hizo muchísima gracia, y solté una seca carcajada. Rebusqué en mi bolsillo, y saqué un paquete de tabaco. Le ofrecí un cigarrillo, y puse otro en mi boca. Saqué un mechero, y encendí sendos cigarrillos. Dí una calada, y dije:
-Pensé que ya lo sabías.-Y expulsé el humo. Nunca me había sabido peor.-Todos lo sabían.
-Lo hiciste fatal. No podía hacer otra cosa en aquel estúpido juicio.-Fumó.-Además, conocías las razones del cliente.
Dí un golpe en la mesa.
-Las razones me la sudan. Confiaba en ti.
-No seas así, Ber.
-No me llames "Ber". Nunca más.-Dije lentamente en cuanto terminó de pronunciar aquel monosílabo. Estoy seguro de que lo hizo queriendo para joderme.
-O sea, que es eso. Se acabó.-Argumentó firmemente.
-Para siempre.
-Y, ¿ni siquiera te importa?
-No.-Mentí. Aquello me estaba matando. Yo estaba a nada de lanzar la mesa por los aires.
-Me duele que digas eso.-Dijo de la manera más falsa posible, como si en ello le fuese la vida. Entrecerró los ojos, tal y como solía hacer tiempo atrás. "Qué ironía", pensé. Perdí aquel juicio, y he perdido mi juicio. Una suave brisa pareció recorrer la estancia. Me quedé callado durante medio minuto.
-Ese no es mi problema. Es tuyo, y de él.-Quería coger un revólver y pintar las paredes con mi cerebro.-Adiós.-Dije, finalmente, con voz entrecortada.
-Bermellón.-Dijo, como reprochando.
-Adiós, Dragón.-Repetí.
Se levantó de la silla, y se fue. Me quedé callado un rato. Sólo unos minutos que se me hicieron eternos. Después, me dejé caer en el antiguo sillón de piel.
Lloré. Lloré como no lo había hecho en mucho tiempo. Como sólo lo había hecho al acabar aquel maldito juicio. El juicio que me costó mi reputación. Él fue mi verdugo. Un verdugo que solía ser mi mejor amigo.
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