«Y ahí volvía a estar yo.»
En la misma mugrienta casa a la que, tras mucho esfuerzo, conseguía llamar "hogar". Qué montón de mierda. Tras la charla con El Cliente, yo no podía pensar en otra cosa. Aquel tema ocupaba todo mi mente. Puede que sólo se hiciera el bueno conmigo por otras razones. O puede que de verdad quisiera arreglar las cosas. ¿Qué cambiaba? Nada, pues a mí no me interesaba arreglarlo. Ya no. Yacía en una incómoda silla frente a la misma pantalla de ordenador de siempre. Y yo estaba haciendo lo mismo de siempre. Conseguir información que no me interesaba para alguien que me interesaba aún menos. La pantalla de ordenador junto a la cual me pasé mis cuatro años de carrera, la pantalla de ordenador que me costó mi maldita reputación.
Llamaron a la puerta. Pero esta vez, yo no esperaba visita. Tenía un muy leve presentimiento de quién podía llamar a la raída puerta del "hogar" de alguien como yo. Pero no, no podía ser ella. Opté por no abrir la puerta, y continué reventando el protocolo de red de aquella página web. Pasaron unos dos minutos hasta que volvieron a llamar, pero con la misma suave intensidad y pasividad. Como si la persona al otro lado de la puerta tuviese toda la paciencia del mundo. Soltando un suspiro, acabé de picar el código HTML. Me levanté, me dirigí hacia la puerta, deseando que no fuese ella. Me daba igual que fuese la policía o algo por el estilo. Yo no quería verla a ella. Torcí el desgastado picaporte, y tiré hacia mí.
Les juro que no suelo llorar nunca. Pero, cuando vi aquella figura, una lágrima recorrió mi mejilla. Ella venía con una camisa, con la que solía ser mi gabardina y mi antigua gorra de caza roja, hecha por mí mismo. Su pelo por los hombros, y sus ojos de un único color castaño eran inconfundibles. En ese mismo instante, lo único que necesitaba era un precipicio tras de mí. La gravedad haría el resto. Estuvimos mirándonos un buen rato. Ella esbozaba una muy suave sonrisa, como solía hacer. Yo estaba serio, lacrimosos los ojos, intentando no decir nada fuera de lugar. En realidad, intentaba no decir nada. Me aparté a un lado como gesto para que pasase. Y ella pasó. Cerré la puerta, aunque ya poco me importaba. Ella tomó asiento frente a la mesa de caoba con la confianza que se puede tener en casa de un familiar muy cercano, aunque no me molestó en absoluto. A estas alturas no iba a molestarme. Ya, no. Yo me senté frente a ella, con la mesa de por medio. La Juez observaba la pantalla del ordenador, como si supiera lo que estaba haciendo. De hecho, lo sabía. Sabía a lo que me dedicaba, como me ganaba la porquería de vida que llevaba. Noté en su mirada cierta tristeza y compasión por mí.
-Sigues con ello, ¿eh?-Preguntó con un suspiro. Siempre había tenido una voz preciosa. No se le había acabado de pegar el acento andaluz.
-¿No lo ves?-Yo no tenía ganas de nada. Ni de estar allí con ella, ni de seguir robando información. Sólo quería pegarme un tiro.-¿Qué haces aquí? Ya cumplí.
-¿Es que no puedo pasarme a ver a un antiguo amigo?-Dijo con una sonrisa. Me entraron ganas de vomitar.
-Sabes que odio a la gente hipócrita.
-Eh.-Se alteró un poco.-No te pases.-La Juez siempre había tenido carácter. Eso me encantaba.-¿Cómo estás, después de tanto tiempo?
Moviendo mucho la cabeza, empecé a mirar a todos lados, como ademán para que ella hiciese lo mismo y se diese cuenta de lo que había sido de mí. La miré, nos miramos. Dirigí mis ojos a la pantalla de ordenador, y musité "Me pillas trabajando".
Ella suspiró.
-Aún estás a tiempo de dejarlo, Ber.-Ah, "Ber". El seudónimo en la red que me lo quitó todo. Maldita la hora en la que mis "amigos" empezaron a llamarme con ese maldito monosílabo.
La miré muy fijamente y puse el puño cerrado sobre la mesa.
-Te juro que si vuelves a llamarme así...
-Les has visto, ¿verdad?-Me cortó, como si supiese perfectamente lo que estaba pensando. Cada vez que alguien pronunciaba ese seudónimo, me acordaba de todas las personas que me jodieron la vida. Y pensé en los últimos a los que vi. El Dragón, y El Cliente.
-No.-Mentí.-Y, ¿cómo pretendes que lo deje? ¿De qué vivo? Es lo único que sé hacer. Me tiene atado.-Tenía razón, pensaba. Debía dejarlo, pero no podía. Me estaba consumiendo.
-Pero, ¿cómo eres tan imbécil?-Dijo, levantando la voz.-¿Cómo tienes el valor de decirme que no vas a dejarlo?-Aquello me molestó muchísimo. Reí, y cogí aire para lo siguiente que iba a decir.
-Nos vamos a ver pronto.
-Ahora nos estamos viendo.-Dijo La Juez.
-Adiós.-Susurré.
Ella comprendió. Se levantó de la silla. De camino a la puerta, me pasó la mano por el hombro. Cogió la puerta y se fue. Yo cogí un vaso vacío, y me serví un whisky. No pude pegarle el primer trago sin desplomarme en el suelo, roto en mi propio llanto. Puede que estuviese así unos cuantos minutos, pero me pareció un día entero. Cuando estuve mejor (por decir un calificativo), volví a dejarme caer en la silla del ordenador. Mirando la pantalla, hacia un código que no todos podrían entender.
public class StaticLoic{
public int hashCode(){
int hashCode = hashCode()+31
}
return hashCode;
}
Miraba estando ciego a todo aquel código. Qué cosas. "Siete años después, viene a decirme que deje lo que me da de comer. ¡Jo! Y con mi propia gorra y mi gabardina." Pero no era yo el que pensaba eso. Pensaba con la mente del protagonista de mi libro favorito. H.C. Y eso sólo pudo recordarme a otra persona.
Cosas. Cosas que pasan, dicen algunos cretinos. Hubo una época en la que sólo sabía comportarme como él, pero entonces yo era un niño que creía que ser hacker profesional era lo mejor que existía. Ahora, me ha jodido la vida. Y no sé hacer nada más.
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