«Les juro que no suelo llorar nunca.»
Hay algo que pocos saben acerca de Internet. Sólo conocemos el 4% de esta gigantesca red de información. El resto de ella, el otro 96%, está podrido. Más aún. Deep Web. "Web Profunda", según su traducción al castellano. La red sin ley. En esas profundidades, no hay reglas. Lo que es ilegal arriba, es corriente abajo. Lo otro sólo es la maldita punta del iceberg. A esta parte de la web no se puede acceder por métodos de navegación convencionales, sino de una forma algo especial. Protocolos de red avanzados, configuración proxy, y demás jerga que nunca era problema para un hacker como yo. ¿Saben? Entrar en un sitio así demuestra una falta de moralidad bastante importante. Y yo no la tenía. Además, necesitaba algo de allí.
Cuando desperté en el raído sofá, la escena era la más deplorable que había visto en mucho tiempo. Yo tenía un aspecto horrible, el ordenador seguía encendido, y había muebles descolocados. Para más inri, allí seguía la segunda silla en la que La Juez había tomado asiento ayer. Esto último le trajo muchos recuerdos a la cabeza. Decidí que debía recoger un poco, más que nada para no acabar ahogado en la inmundicia, ni comido por una manada de ratas, ni ninguna chorrada por el estilo. Una vez hube dejado la casa algo decente, cogí un trapo para limpiar la mesa de caoba. Y entonces, se me heló la sangre.
Allí estaba mi ejemplar de El Guardián Entre El Centeno. Pero no podía ser el mío. Era imposible. ¿Y si...? No, no podía ser. Estaba a 500 kilómetros. Lo hojeé un poco, y vi que había algunas frases subrayadas. Las mismas frases que subrayé poco después de comprarlo, cuando lo releí una y otra vez. La Juez lo había traído, y yo no me había dado ni cuenta. La de cosas que se me pasaron por la cabeza. De veras. Empecé a leerlo. Cuando me quise dar cuenta, llegué a la página doscientos veintitrés. Ni me molesté en hojear el final, como solía hacer. Había anochecido, así que preparé algo rápido de cena, y me acosté. Dormí fatal.
Días después, recordé la visita de El Cliente. Maldito hipócrita. No permitiría que me tratara de buenas después de cómo me había jodido. Así que pensé. Si había hecho cosas horribles a la gente desde el otro lado de una pantalla de ordenador, podría hacerlo de la misma forma, pero más directamente. Parece un pensamiento muy cobarde. De hecho, lo era. Al fin y al cabo, ¿qué narices importaba ya? El conflicto entre él y yo era culpa mía, desde luego, pero esto no quedaría así después de aquel juicio. Era la hora de adentrarse en la Deep Web.
Tuve que preparar muchas cosas, ya que había pasado bastante tiempo desde que no entraba allí. Una vez estuve en la mayor clandestinidad posible, arranqué. La Deep Web tiene algunos motores de búsqueda. Escogí uno cualquiera, y tecleé "Sicarios". Intro. Un sinfín de sitios web se apareció ante mí, ofreciendo lo mismo; servicios de personas dispuestas a asesinar a otras por una importante suma de dinero. ¿Qué importaba la página que escogiese? Sólo quería algo rápido. Hice clic en la primera que aparecía, y junto a una cantidad exagerada de apodos completamente absurdos que tenían esos asesinos, salía su precio, y algunas opiniones de los "clientes". Aquello me hizo muchísima gracia. Investigué a fondo, y encontré a alguien algo peculiar. Era una chica. Teniendo en cuenta que el 98% de la gente que podía verse por allí eran del sexo masculino, aquello era bastante curioso. Una sicaria. Su seudónimo era McKarras. En su descripción, sólo rezaba "Donnie nunca falla". Aquello me gustó mucho, aunque no acabé de entenderlo. Así que me decanté por ella. Se abrió un cuadro de chat.
ipproxy_9768512: Hola.
McKarras: Hola. ¿Asunto?
ipproxy_9768512: ¿No es obvio?
McKarras: No me hagas perder el tiempo.
Encriptando archivo...
ipproxy_9768512 está enviando el archivo "JC.jpeg"
ipproxy_9768512: Es él.
McKarras tardó en contestar.
MacKarras: Vale.
ipproxy_9768512: ¿Necesitas algo más?
McKarras: No. ¿Para cuando?
ipproxy_9768512: Ya te iré diciendo. Estate atenta.
Cerré el cuadro de escritura de texto, y me quedé mirando a su descripción. "Donnie nunca falla". No sabía cómo sentirme en aquel momento. ¿Cómo había llegado a esto? Aunque ya no podía echarme atrás, no ahora. Demasiados problemas tenía ya. Apagué, por fin, el maldito ordenador, y tomé mi teléfono móvil. En la agenda de este había muy pocos números almacenados, pero yo sabía el que buscaba. En el cuadrante Nombre, sólo figuraba "M". Eso bastaba. No sabía si quería llamar, no sabía si ella querría cogerlo, no sabía siquiera si debería estar torturándome de aquella manera. Tal vez lo mereciera.No quería pensar más. Con mi dedo, toqué el recuadro "Llamar" que figuraba en la pantalla táctil.
Sonaba el tono de llamada. Tardó en contestar. No estaba acostumbrada a llevar un teléfono móvil, como los demás. Eso me encantaba.
-¿Sí?-En cuanto la escuché, estuve a punto de colgar.
-¿Dónde estás? Se escucha la carretera.-Yo lo sabía.
-¿Ah, sí? No, no importa. ¿Querías algo?
-¿Has traído tú el libro? Sólo dime eso.
Calló un momento.-¿Lo estás volviendo a leer?
No podía más. No hablé. Sólo estuve unos dos minutos, llorando, con el teléfono móvil en la misma posición, y la respiración acelerada. Ella sabía que yo lloraba.
-Lo siento.-Intenté vocalizar, pero con voz entrecortada.
-No. Tú no...
-Lo siento.
Hubo un silencio espeluznante.
-Sé que debo dejar de interrumpir a las personas. Perdona.-Dije con una risa entre sollozos. Qué imbécil me sentía en esos momentos.
Y colgué el teléfono. Me pareció escuchar, antes de colgar, un débil "final del libro". Abrí el libro por la última página, y vi unas letras escritas a mano. "Te quiero". Un aluvión de sentimientos invadió mi mente. Pero, incluso para mi sorpresa, no empecé a llorar. Me sentí mucho mejor después de haber expresado en dos palabras todo lo que llevaba pensando durante estos siete años. "Lo siento". Puede que me odiara. Puede que pensara que yo era la peor persona del mundo, pero yo había cumplido. Lo único que hice fue coger una cerveza, y tomármela mientras escuchaba Pink Floyd. Seguí dándole vueltas al tema de El Cliente. Sabía que ya no podía cancelar el trabajo de la tal "McKarras". Pero, ¿sería buena idea? ¿En qué carajo me estaba convirtiendo? Sólo lo sabía yo, pero aún no me daría cuenta.
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