miércoles, 20 de noviembre de 2013

Grand Finale.

«Y me las iban a pagar todas juntas.»

De hecho, no pude pensar en otra cosa. Me levanté del sofá con esa idea en la cabeza. Al fin iba a vengarme de todos ellos. Noté como la débil voz de la conciencia y el sentido común resonaba en mi mente, pero la ambición hablaba más fuerte. Al menos, en ese momento, no me arrepentía en absoluto. Y, ¿qué pasaría después? Me seguiría ganando la vida de la misma manera de la cual llevaba haciéndolo tanto tiempo. Siendo un completo hijo de puta. "¿Por qué?", se preguntarán. Porque era lo único que sabía hacer. La Forense llegaría tras la hora de comer. Después de unas dos horas, llegaría McKarras con el cuerpo de El Cliente. Era todo perfecto. Luego, enterraríamos el cadáver, y yo podría seguir con mi vida. Incluso con la conciencia tranquila, tras todo esto, pues yo había hecho lo que quería. Pero antes, quería hacer algo. Recogí el teléfono móvil del suelo, rezando a un Dios en el que no creía para que siguiese funcionando, antes de hacer una última llamada y deshacerme de él para siempre. Bastantes problemas me había traído ya. Funcionaba. Abrí la agenda por última vez, y busqué la letra M. Llamé.

-¿Ber?-Preguntó, como si no creyese quién estaba al otro lado del teléfono.

-¿Cómo estás?

-Bien, estoy bien. Pero... Pensé que... Ber,¿cómo estás tú?-La verdad es que ya no me importaba que alguien me llamara así.

-Estoy bien. Pero no tengo mucho tiempo.¿Recuerdas lo que escribiste al final de El Guardián entre el Centeno?

Tardó en contestar.

-Sí...

-No creo que haya que ser muy rápido de mente para saber lo que siento, ¿no?

No habló.

-Oye, no vayas a juzgarme por lo que ocurra. Por favor.

Y colgué. Me quedé un buen rato pensando en aquella conversación. Me sentía fatal, porque sabía que ella lo pasaría fatal. Pero ya no había vuelta atrás. Tocaron la puerta, y me dió un vuelco el corazón. Allí estaba La Forense, dispuesta a comenzarlo todo. Me dirigí con decisión a la puerta, y así el picaporte.

Cuando abrí, encontré a dos siluetas masculinas, cuyas caras pude distinguir. Eran El Dragón, y El Cliente. Sin poder apenas decir palabra, se abalanzaron hacia mí, y se ensañaron a golpes conmigo. Sólo sentía patadas, puñetazos, cabezazos, por todo mi cuerpo, hasta que dejé de sentir. Desperté atado a mi propio sofá, sin poder mover ninguna articulación de mi magullado cuerpo. Me dolía todo. Esos dos me habían zurrado de lo lindo. Cuando pude abrir los ojos, la luz de la ventana abierta me cegó. Pude ver un grupo de personas que hablaba, allí, en mi propio salón. Uno de ellos rebuscaba en mis muebles, y otro, en mi ordenador. Cuando me vieron despertar, todos se giraron hacia mí, callados. Allí estaban, frente a mi indefensa figura, El Cliente, El Dragón, La Artista, La Juez, y McKarras. Estos tres primeros tenían una seriedad impasible. La Juez me echaba una mirada triste, y McKarras sonreía mientras metía la mano en el bolsillo interior de su abrigo. Entonces, comprendí. Había sido todo así desde el principio. "Habría sido muy poco divertido haber hecho esto sin verte agonizar", dijo ella, mientras seguía con la mano en el bolsillo. Esbozando una sonrisa siniestra y misteriosa, y asumiendo mi propio destino, solté una amarga carcajada. McKarras sacó una Colt del calibre 45, y haciendo gala de una sangre fría que ya quisieran muchos, me disparó en la sien. "Al fin pintaré las paredes de bermellón", pensé antes de morir.

Me llamo Luis, alias Ber, para mis trabajos sucios. Estudié la carrera de Ingeniería Informática, saqué un Master, y me especialicé en Hacking y Cracking. Trabajaba en la clandestinidad conseguiendo datos confidenciales de cuentas bancarias, empresas, particulares, etcétera. Hasta que, mientras intentaba conseguir un número de tarjeta bancaria, El Cliente, una antigua amistad me descubrió. Contrató a otro amigo, El Dragón, licenciado en Derecho, para que le defendiera en el Juicio que La Juez, otra amiga del grupo, ofició. Estaban de oyentes La Artista, La Forense y La Amarilla. Perdí el juicio, y pasé seis años en prisión. Siete años después de aquel juicio en el que yo mismo arruiné mi vida, ahí volvíamos a estar todos. Habían estado controlando meticulosamente mi vida, cada detalle, cada gesto, para que pudiesen efectuar su golpe final. Y yo no me había dado cuenta. La Amarilla buscaba toda la información oculta en el ordenador de aquel al que acababan de ejecutar. Aquellos cinco seguían mirando mi cadáver, serios y con ojos inexpresivos. La Forense, tras no encontrar nada de importancia en mis muebles, abrió su maletín, y sacó una pieza de papel cuyo título era "Certificado de Defunción", en el que figuraba mi nombre. Firmando, con su potestad de médico forense, acabó de escribir algo en aquel papel que llevaban tanto tiempo preparado. "Bala perdida".

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