martes, 19 de noviembre de 2013

Overflow.

«No entendía nada.»

Y seguía sin entender. Yacía en el sofá, desorientado, pensando. Quería acabar con esto de una vez por todas. ¿Por qué narices estaban todos intentando localizarme, después de todo aquello? Además, no es que lo intentaran. Lo habían conseguido. Pensé que si todos están teniendo contacto conmigo, debía ser por algo. Bueno, casi todos. No había vuelto a ver a la mujer de El Cliente, por ejemplo. Su seudónimo era La Artista. ¿A que no saben cuánto llevaba sin verla? Ella era, básicamente, la que nos unió a todos con unos simples dibujos. No la culpo por lo que ocurrió. O sí. No, no la culpo. Estoy seguro de que, tarde o temprano, me habrían condenado igual por un delito similar. Pero no acusado por ellos. Seguí pensando en lo que nos unieron esos estúpidos dibujos, y me dolió muchísimo. No podía seguir así. No sé por qué hice lo que hice lo siguiente, pero encendí el ordenador, y abrí el navegador. En la barra de direcciones escribí, pausadamente, pensándolo mucho, "www.twitter.com". Con un suspiro, presioné "Intro". No podía creer que aquella red social que hizo que me encontrara con esos cretinos siguiera abierta. Lo que pude ver después me sacó de mi aparente tranquilidad. Tecleé "@LexAenima", y mi contraseña. Era increíble que me siguiese acordando. "Ha sido mucho tiempo escribiéndola", pensé. Y con una risotada absurda, volví a presionar "Intro".

Apareció una pantalla negra con un rótulo blanco, que rezaba "Tu cuenta ha sido eliminada por inactividad". Era normal, al fin y al cabo. Siete años de inactividad son notables. Pero lo que me quemó por dentro fue que, debajo de aquella frase, aparecía mi antiguo avatar. El dibujo que me hizo La Artista. Recordé todos los momentos buenos y malos con todos ellos, y me eché a llorar. Me fue inevitable. Todos nuestros avatares estaban dibujados por ella. Todos con los rasgos que caracterizaban a cada uno de nosotros. Lo que nos unía. Me levanté en el acto, con los ojos llorosos, y empecé a dar puñetazos a la pared con todas mis fuerzas. Estaba furioso. ¿Por qué fui tan gilipollas de echarlo todo a perder? Había sido todo por mi culpa. Tras ensañarme con las paredes, me tiré al suelo y seguí sollozando desconsoladamente. Lo había perdido todo. Pero no permitiría que aquello siguiese así. No. Preparé mi último golpe.

Secándome las lágrimas, abrí la agenda de mi teléfono móvil, y lo encontré. P. ¿Qué importaba ya? Sólo quería comprobar algo. Quería comprobar si ella y El Cliente seguían juntos. Quería joderla a ella también por habernos unido. Si aquello no hubiese pasado, todo habría sido muy distinto, pero seguro que era mejor que toda esta mierda. Toqué con el dedo el botón "Llamar". No tardó en coger el teléfono un hombre de voz muy grave, pero inconfundible. El Cliente. En cuanto escuché un sonoro "¿Dígame?", colgué el teléfono, tiré el teléfono móvil al suelo y regresé al ordenador. Volvía a ser la hora de adentrarse en las asquerosas profundidades de Internet. Envié dos mensajes a McKarras. El primero contenía toda la información que yo mismo disponía. Un simple "copia y pega" de todos los documentos que tenía con datos de El Cliente. El segundo mensaje sólo decía "Quiero que mañana esté muerto. Tráeme el cadáver, conozco a una forense". En el acto, recibí su respuesta. "De acuerdo". La Forense era una antigua amiga que también sabía de la existencia de aquellas personas. La vi ocasionalmente tras aquel juicio, pero no habíamos tratado mucho. La última vez que nos vimos, fue porque yo se lo pedí. Nos encontramos en un andrajoso bar de pueblo, para no levantar sospechas. La gente que suele ir a esos bares nunca se entera de nada. De hecho, la gente nunca se entera de nada. Nos sentamos en la mesa que más limpia parecía, pero aún así, tenía un aspecto horrible. Los encargados de ese tipo de sitios nunca cuidan su menaje. Eso me sacaba de quicio. Nos sentamos cada uno en un lado de la mesa. Yo pedí una cerveza, y ella un zumo de melocotón. Aquello me hizo mucha gracia.

-¿Sabes por qué te he llamado, no?-Empecé diciendo, aunque yo sabía que ella no tenía ni puñetera idea.

-Obviamente, no.-Parecía algo confusa, pero esa chica siempre había sido muy avispada.

-Quiero vengarme de ellos.

-Pero, ¿qué pretendes? Te mereces lo que te pasó, y lo sabes.

-Dime a quién no le gusta la venganza. Vamos.-Se quedó callada. Sabía que, aunque se hiciese la decente, ella no tenía escrúpulos para hacer algo fuera de la ley.

-Continúa.-Dijo, misteriosa.

-No es nada a corto plazo. Quiero que sepas que esto se llevará a cabo cuando pase un tiempo. Cuando te avise, debes hacer exactamente lo que yo te diga.

Y le expliqué mi plan. Luego de observar su cara de desagrado, pero a la vez de curiosidad en ver cómo acababa aquello, nos despedimos. Hoy, unos dos años después, le mandé un e-mail que sólo decía "¿Recuerdas lo que te dije? Ya está todo listo. Quiero que mañana vengas a mi casa."

Lo tenía todo meticulosamente pensado. McKarras haría el trabajo sucio. Cuando El Cliente estuviese muerto, ella traería el cuerpo aquí mismo. Para entonces, La Forense habría llegado. Ella misma firmará el certificado de defunción, alegando muerte por una bala perdida, et voilà. Ah, qué bien me sentí en aquel momento. Sabía que era una jodida escoria humana, pero al fin iba a vengarme de ellos. Yo sabía que estarían todos en el futuro entierro de El Cliente. Todos llorando, lamentándose por aquella "irreparable pérdida". Hipócritas. Los odiaba. Me serví un whisky, y pensé. Acababa de condenar a una vida. Yo siempre estaba diciendo que "el que no puede dar la vida tampoco tiene derecho a quitarla". Menuda tontería. Yo me sentía en la cima del mundo. Entonces, La Artista no lo sabía, pero había firmado la sentencia de muerte de El Cliente al no descolgar ella misma su propio teléfono móvil. Maldito cretino. "Él mismo se lo ha buscado", pensé. "Sabía a lo que se enfrentaba cuando acusó a un hacker".

El delito por el que tuve que cumplir seis años de condena en prisión tenía relación con invasión de la privacidad y complicidad en asesinatos y robos. A día de hoy no sé cómo pudieron pillarme, pero El Cliente acabó enterándose de a qué me dedicaba. Contrató a un abogado y antigua amistad, El Dragón, para que llevase el caso. "Ella" me juzgó, y me cayeron seis años. Pero ahora iba a vengarme, y me las iban a pagar todas juntas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario